sábado, 5 de agosto de 2017

Estereotipos de amigos - PARTE 2

Cuando terminé de escribir la primera parte en septiembre del año pasado, recuerdo haber dicho algo parecido a “la semana que viene escribo la segunda.”

Ok, por alguna razón ya pasó casi un año de eso, así que si alguien tiene ganas de ponerse al día y leer la primera parte, acá les dejo el link.
La idea principal de este artículo es ser lo más fiel posible a su predecesor. Analizando a fondo y de la manera más acertada posible las diferentes personalidades con las que nos podemos llegar a topar en nuestras filas de seres queridos, y no tan queridos en algunos casos. Obviando por completo la ironía de que sea justamente este servidor quien se ponga a hablar del asunto cuando nadie le envía un mensaje de afecto ni por equivocación, a menos que sea para dejarle en claro lo mucho que lo odian y recordarle que si mañana se muriera, el mundo sería un lugar mejor.

En serio. Una vez intente poner a prueba el nivel de cariño que me tenían las personas que conozco y puse en mi cuenta personal de Facebook que había sido diagnosticado con una enfermedad terminal y solo me quedaba un día de vida.

Jamás un estado mío de Facebook recibió tantos “me gusta” como en aquella ocasión. Uno incluso en los comentarios me llego a poner: “Hubieses avisado con tiempo así conseguía la reserva y las bebidas. Pero la verdad no sé de qué me asombro si era sabido que incluso hasta en el día  tu muerte te las ibas a ingeniar para joderle la vida a los demás. Basura.”

En fin. Empecemos.

El Borracho:

Esta sombra que alguna vez fue un ser humano como vos, como yo, y que lo único que puede generar es pena ajena, es el término que se le da a aquel ser que piensa que puede escapar de todos sus problemas a base de alcohol. No lo podes llevar a ningún lado porque lo lleves a donde lo lleves, ya sea a bailar a un boliche un sábado por la noche o a la misa del domingo a las diez de la mañana, el tipo siempre le encuentra la vuelta para terminar tumbado sobre el tibio charco de su propio vomito.

Y lo peor de todo es que encima tiene el descaro de negarlo.

-Que borracho que estabas anoche.
-No estaba borracho.
-Te subiste desnudo arriba de la mesa y empezaste a gritar que eras el “Rey del Tequila”, y que todos éramos tus fieles súbditos.
-Bueno, tome un poco y me puse medio cargoso, nada más.
-Te tuvieron que sacar en camilla, Jorge.

El Pirata:

Este tipo siempre dice presente, y en donde te descuides, se puede convertir en el estereotipo más peligroso de todos. Es el individuo que poco a poco te va despojando de todas tus pertenencias utilizando siempre la misma excusa de que “solo te lo está pidiendo prestado.”
Vos al principio obviamente no te vas a dar cuenta. “Uh, ese juego nunca lo pude jugar pero me dijeron que esta bueno. ¿No me lo prestas por un par de días?” te va a decir tu amigo, ocultando sus verdaderas intenciones bajo una máscara de inocencia y ternura. Razón por la cual nunca vas a poder ver el puñal que esconde con una mano mientras que con la otra acepta el objeto que vos, pobre iluso, en buena fe le estas prestando.

“Que aburrido estoy, voy a jugar un poco a la play…….ah, cierto que se la llevó Patricio.”

“Voy al super a comprar. Me voy a poner la campera que está haciendo frío…..ah, cierto que se la llevó Patricio.”

“Voy a salir a dar una vuelta con el auto….ah, cierto que se lo llevó Patricio.”

“¿En dónde dejé las escrituras de la casa? Ah cierto….Patricio…”
Eventualmente va a llegar un punto en donde Patricio, con todas las cosas “prestadas” que obtuvo de tu generosidad, producirá un daño irreversible rompiendo la barrera espacio-tiempo y creando una realidad alternativa en donde Patricio se convierte en vos.

Y para cuando logres unir todas las piezas del rompecabezas va a ser demasiado tarde.

“Pero si solo me pidió prestado el primer libro de Harry Potter. ¿Cómo puede ser que ahora viva en mi casa y se esté garchando a mi novia? Acá pasa algo raro,” te vas a encontrar diciendo vos, al tiempo que utilizas unos cartones para protegerte del frío que llega hasta ese oscuro y ominoso puente que ahora llamas hogar.

El Honorable:

Cuando hablamos de este tipo, hablamos de aquel sujeto que empuja su código de moral y justicia hacia lugares insólitos, lo que ultimadamente hace que su línea de razonamiento se vuelva ridículamente estúpida.

Supongamos que un grupo de amigos se junta a jugar unas copas al Winning Eleven y a Gustavo le toca ser Inglaterra. Gustavo no solo va a decir que no, rotundamente, sino que se va a ofender y, revoleando el mando a la mierda, va a arrancar con uno de sus monólogos.

“Compañeros. Si bien agradezco que me hayan invitado, es mi deber manifestar este descontento que me carcome el alma y decirles que aquellos soldados que representaron tan valientemente a mi patria, no fueron a dejar sus vidas al campo de batalla para que yo hoy insulte su memoria, eligiendo una escuadra compuesta por once asesinos, quienes con total impunidad invadieron nuestras tierras y nos las arrebataron. Antes de eso prefiero estar muerto,” grita parado arriba de la mesa con los brazos en alto.

Para evitar mayores inconvenientes los demás deciden cambiar de juego y se ponen a jugar Mortal Kombat. Pero lejos de resolverse los problemas empeoran, porque Gustavo decide elegir a Sonya Blade y uno de los chicos, con ningún otro propósito más que elogiar sus habilidades en el mando para con dicho personaje le dice: “Che, ¡Qué bien que usas a Sonya!”

En ese momento seremos testigos de cómo al tipo automáticamente se le pone el rostro de piedra y con los ojos inyectados de furia le dice: “¡¿Y por qué te sorprende que juegue bien con Sonya?! ¡¿Es porque es mujer?! ¿Tan débil consideras a la mujer que no puede ser un buen personaje en un video juego, eh? Cerdo opresor machista y patriarcal.”

Ahí cuando el resto dice basta y al unísono, casi de manera orquestal, se abalanzan contra Gustavo y lo apuñalan múltiples veces, para finalmente dejarlo tirado en la vereda, medio muerto y con el control de la play metido en el culo.

El Suicida:

El típico personaje que tras cortar con la pareja empieza a postear estados depresivos en su Facebook. Es entonces cuando sus amigos deciden embarcarse en la fútil misión de rescatar su corazón roto, el cual yace en las profundidades del océano melancólico.
Para esto organizaran una serie de guardias rotativas de 24 horas diarias, entre otras precauciones, a fin de evitar posible suicidio.

Pero todo termina una noche, cuando en una juntada de truco, habiendo escondido previamente todos los objetos filosos, no se percatan de que al Suicida, que si bien hasta ese momento la estaba pasando bien, no le gusto haber perdido la partida de truco. Por lo que en un descuido de sus dos amigos que le servían de escoltas y lo esperaban en la puerta cada vez que iba al baño, el Suicida, totalmente desapercibido se desliza hasta el tocador llevando consigo una soga que por las dudas siempre llevaba en la mochila.

El resto se cuenta solo.

Para cuando el grupo se percata de su ausencia después de dos horas, van a buscarlo al baño y descubren la trágica escena.
El cuerpo de Ángel ahora pende inerte de una soga de yute rotando lentamente, sin vida.
 

-Sos un boludo, te tocaba a vos vigilarlo.
-Bueno loco, perdóname, no puedo estar en todas. ¿Vemos una peli?
-¿Y qué hacemos con Ángel?
-Mañana lo bajamos.
-Bueno, dale.

lunes, 31 de julio de 2017

El otro día me invitaron a un velorio

La muerte de un ser querido es una de las cosas que más duelen en este mundo. Capítulos oscuros de la vida que sin importar de quien se trate, siempre nos deja con una herida en el alma que nunca llega a cerrarse completamente. Es algo casi tan grave a que se nos joda la partida de un videojuego antes de salvar.

Y lo que es peor aún son los casos en los cuales el ser querido en cuestión, abandona este mundo sin que tengamos la oportunidad de haber podido hacer las paces con él. Dejándonos para siempre con una deuda emocional que sabemos, seremos incapaces de saldar.

Por desgracia algo muy parecido fue lo que me sucedió la semana pasada.

Es importante dejar en claro que si he esperado hasta hoy para hablar del asunto es porque no ha sido hasta hace unos momentos que he podido sacar fuerzas de flaqueza. Las fuerzas suficientes que me permitieran sentarme a escribir estas palabras, al tiempo que tibias lágrimas de dolor y melancolía descienden lentamente por mis mejillas.

Llegué de trabajar a mi casa y me encontré con la noticia de que mi tío Osvaldo había fallecido.

Hace tiempo que estaba mal. Meses arrastrando una enfermedad la cual los médicos nos habían dicho que era terminal. No voy a decir que estábamos preparados, pero en el fondo, era algo que la familia esperaba. Era una cuestión de tiempo.

El golpe dolió. Sacudió todo el núcleo familiar y espero no sonar un poco egoísta al decir que yo fui, sin lugar a dudas, la parte mas afectada.

“¿Cuándo vas a venir a verme? Ya ni me llamas para ver como estoy,” solía decirme mi tío.

“Para que te voy a preguntar cómo estas tío, si tenes cáncer.”

Aquellas fueron las últimas palabras que le dije a mi tío. Palabras que al día de hoy siguen retumbando en las sombrías cavernas de mi mente. ¿Habré estado mal en decirle eso encontrándose en las puertas de la muerte? Supongo que nunca lo sabré.

Lo que sí sé es que lo quise mucho a mi tío y estoy totalmente seguro de que él lo sabía. Ojalá hubiese tenido tiempo para visitarlo en sus últimos días, pero Dios sabe que las obligaciones siempre me lo impedían.

Nunca podía. Si no tenía que ir al shopping a comprar ropa, tenía que ir al cine. Si no era el cine, era la cervecita de todos los viernes con los pibes.

Y así pasó el tiempo, pasaron los días y se fue el tío Osvaldo nomas. Ay tío querido, no sabes cómo te extraño.

Pero bueno, tampoco me quiero ir por las ramas con mi descargo. No es el fallecimiento de mi tío en si lo que me llevo a escribir estas palabras, sino los sucesos que acontecieron después y que involucran a algunos familiares muy cercanos míos.

Originalmente había decidido cambiar sus nombres de manera que no quedaran tan expuestos en el blog, pero tras un largo momento de reflexión decidí que no se lo merecían. No después de cómo me trataron.

Y ahora te hablo directamente a vos, primo Enrique. A vos que hasta hace unos días eras como un hermano para mí. Ahora todo eso forma parte del pasado ya que decidiste traicionarme y unírtele a esa alimaña rastrera que tenes por madre en su plan de ensuciar mi nombre a base de fabulas y calumnias.

Dejo copiada nuestra última conversación (porque huelga decir que después de haberme basureado e insultado hasta el cansancio, me bloqueaste del Facebook) para que mis lectores -entre ellos amigos, conocidos y compañeros de trabajo- estén al tanto del nivel de maltrato al que fui sometido y juzguen por ellos mismos.

Enrique: Hola primo, ¿Cómo estás?

W: Hola Enrique, bien dentro de lo que se puede, ¿vos?

Enrique: Acá ando. Lloro como un boludo mientras me pongo a mirar fotos. Me está costando mucho, la verdad.

W: Y si, es normal.


(Pasa un rato)


Enrique: ¿Vos que andabas haciendo? ¿Cómo la vas llevando?

W: Cómo puedo. Me puse a jugar al Batman Arkham City. No te das una idea la cantidad de trofeos que me quedaron por sacar.

Enrique: ¿Estás jugando a la playstation?

W: Si, al Batman. ¿Sacaste todos los trofeos vos?

Enrique: Ni idea, no me acuerdo y la verdad que tampoco estoy de ánimos. De hecho no sé cómo haces vos para ponerte a jugar a la play en un momento como este.

W: Es que no se trata de un simple videojuego, Enrique. Es Batman.

Enrique: ¿Que tiene Batman?

W: Al tío le gustaba, ¿no te acordas?

Enrique: ¿Sí? Que loco, sabes que no me acuerdo de que lo haya mencionado.

W: Era fanático, Enrique. Tenía lo comics incluso.

Enrique: ¿Posta?

W: Montañas de comics, Enrique.

Enrique: Que locura, se me debe haber olvidado con todo lo que estamos pasando.

W: Y puede ser, eh.

Enrique: Parece que fue ayer que lo vimos al tío.

W: Lo vimos ayer Enrique, fue a cajón abierto el velorio.

Enrique: Ya sé boludo, me refiero a como solía ser el con nosotros.

W: En fin, se lo va a extrañar.

Enrique: Y sí, yo no caigo todavía.


(La conversación de momento se congela. 20 minutos después me vuelve a hablar.)


Enrique: Che primo.

W: Que.

Enrique: Sabes que le pregunte a mi vieja si el tío era fan de Batman y me dijo que no eh.

W: Igual ya largué el Batman, me puse a jugar God of War, perdona si tardo un poco en responder.

Enrique: ¿God of War chabón? ¿En serio me estás hablando?

W: Es el God of War, man.

Enrique: ¡¿Yyyy?!

W: Al tío le gustaba.

Enrique: Bueno, ahí ya me parece que te estás haciendo el pelotudo. Decime que te chupa un huevo la muerte del tío y listo.

W: No es así, Enrique.

Enrique: Claro  que es así, no me digas que no.

W: Cada uno hace su duelo como puede. Pero qué bueno que sacaste el tema.

Enrique: ¿Por?

W: ¿Tenes el número de la tía Mari vos?

Enrique: Si, sí. Lo debo tener agendado en el cel.

W: Yo no lo tengo, o lo tenía y lo borré, no me acuerdo. ¿Me lo podes pasar? Tengo que hablar con ella.

Enrique: Te lo paso, ¿pero que le vas a decir? Tene en cuenta que ayer falleció el esposo, no sé si te acordaras.

W: No seas boludo, Enrique. Dale, pásamelo.

Enrique: ¿Qué le vas a decir?

W: Si te digo no te va a gustar, te conozco. Sé muy bien lo susceptible que podes llegar a ser.

Enrique: Y yo sé muy bien lo desgraciado que podes llegar a ser.

W: Dame el número de la tía Mari, Enrique.

Enrique: ¿Para qué lo queres?

W: Vos damelo.

Enrique: ¿Para qué lo queres?

W: Ok, como bien recordaras todos pusimos una parte para los gastos del sepelio tío ¿no?

Enrique: Sí.

W: Bien, porque estuve haciendo un par de cuentitas, viste.

Enrique: Sí, no me está gustando un carajo para donde este yendo esta conversación.

W: Todos le dimos nuestra parte a Mari. Y la verdad que yo lo tendría que haber hablado antes con ella, pero la vi tan mal que me pareció que lo mejor era esperar un poco.

Enrique: Me imagino, sí. Me imagino lo mucho que te debe importar a vos resguardar la sensibilidad de la tía. O de cualquier otra persona.

W: Aunque no me creas, me importa y mucho. Pero así como los demás tienen sus problemas yo también tengo los míos, Enrique. El tío Osvaldo, Dios lo tenga en la gloria, se fue de este mundo sin pagarme una plata que me debía.

Enrique: AH NOOOOOOOO. ESTO ES MUY FUERTE

W: Esperaba que Mari me pueda devolver esa plata descontándolo de la parte que puse para los gastos.

Enrique: No, no, no, no. Decime que me estas jodiendo, primo, te lo pido por favor. Decime que no es en serio lo que estoy leyendo.

W: Me da un poco de vergüenza honestamente tener que contarte esto, pero insististe tanto que no me dejaste alternativa.

Enrique: ¿¡Pero de qué vergüenza me estás hablando vos!?

W: Por favor Enrique, no empecés.

Enrique: ¿¡PERO DE QUE VERGÜENZA ME HABLÁS!?

W: Necesito la plata, Enrique.

Enrique: VOS LO QUE NECESITAS ES UN BALAZO EN LA CABEZA, ¿¡COMO SE PUEDE SER TAN HIENA?! EXPLICÁME.

W: ¿Hiena? Hasta desgraciado te lo paso.

Enrique: Tenes razón, porque por mas hijas de puta que sean las hienas, por lo menos son capaces de sentir cariño por su propia especie. Vos lamentablemente estás muy lejos de eso.

W: ¿Me vas a dar el número o no?

Enrique: No te voy a dar nada, a ver ¿Cuánto es lo que te quedo debiendo el tío?

W: $40

Enrique: ¿O sea que al tío no lo vas a dejar descansar en paz y te vas a poner a martirizar a su mujer por cuarenta pesos de mierda? Vos sos un reverendo hijo de puta. Con todo lo que hizo el tío por vos.

W: Y se lo agradezco de corazón, Enrique, en serio.

Enrique: No, no se lo agradeces. Nunca te importo, nunca lo quisiste. Si lo quisieras no le estarías haciendo esto. Mi mamá siempre tuvo razón. Siempre me decía la clase de persona que eras y yo nunca la escuché. Pero basta, hoy me saco la venda de los ojos.

W: Por favor Enrique, tu mama no puede hablar ni de mí, ni de nadie. No la escuches.

Enrique: ¿Qué queres decir con eso?

W: No me hagas hablar.

Enrique: Si tenes algo para decir, habla no seas cobarde. Ella esta acá al lado mío, llorando, por supuesto, porque no puede creer las barbaridades que está leyendo.

W: Esa llora lágrimas de cocodrilo primo, no le creas nada.

Enrique: Con mi mamá no basura. A mi decime lo que quieras pero con mi vieja no te metas. ¡¡BASURA!!

W: ¿Vos de verdad pensas que me voy a tragar ese numerito patético que le gusta hacer? Si todos sabemos qué hace meses que estaba esperando la muerte del tío para poder quedarse con su parte del departamento de Punta Cana.

Enrique: Mi mamá se acaba de encerrar en su dormitorio y la escucho llorar desde acá. Pero vos no te la vas a llevar de arriba. Todo se paga. Si no es en esta vida, en la otra. Pero todo se paga. Eso te lo aseguro.

W: Explicaselo al tío entonces. Porque a mí no me pago. No en esta vida al menos. No sé cómo será la onda en la otra. ¿Tenes una Ouija?

Enrique: Lo que tengo son unas ganas terribles de cagarte bien a trompadas.

W: Sabía que te ibas a poner en este estado. No te tendría que haber dicho nada, tendría que haber hablado directamente con Mari.

Enrique: No fuiste a verlo ni un solo día al hospital, nunca te importo el tío.

W: ¿Para qué iba a ir a verlo si ya sabía el final? El tío era un spoiler con patas, Enrique.

Enrique: Más vale que mañana ni te aparezcas en el entierro porque te mato.

W: De mejores entierros me han echado.

Enrique: Sos una mierda.

W: ¿No me vas a pasar el número de Mari al final?

Enrique: No, mañana yo voy a hablar con ella. Vos ni te le acerques.

W: Enrique.

Enrique: Decime.

W: Esta bien. Mañana no voy al entierro.

Enrique: Va a ser lo mejor para todos.

W: Tampoco voy a hablar con Mari

Enrique: Me parece perfecto.

W: Pero si vos vas a hablar con ella, ¿no me harías un favor? El ultimo que te voy a pedir, ya que después de todo lo que pasó dudo que nuestros caminos vuelvan a cruzarse.

Enrique: Si pensas que le voy a decir lo de los $40 estas muy equivocado.

W: Ok. ¿Otra cosa entonces?

Enrique: Decime. Y después de esto realmente espero no tener que volver a tratar con vos.

W: Duro pero justo.

Enrique: ¿Qué queres?

W: No le digas que me devuelva la plata, ¿está bien?

Enrique: Ni se lo voy a mencionar.

W: Barbaro.

Enrique: ¿Eso era?

W: No, no.

Enrique: ¿Entonces?

W: Te paso mi CBU y le decís que me haga una transferencia por $40.

Enrique: Morite.

W: Me lo puede pagar en cuotas, Enrique.

Enrique: MORITE.

W: No seas así, Enrique.

(Me bloquea)


Y así culmina la historia de cómo mi propia familia me prohibió darle el último adiós a mi tío.

Pero vos tío, quédate tranquilo que estoy seguro de que allá arriba nos vamos a volver a ver. Mientras tanto, me queda la tranquilidad de saber que hice lo correcto y que esto no es un adiós sino un hasta luego.

Tío fuiste un padre. Tío fuiste todo cariño. Tío fuiste todo corazón.

En resumen. Fuiste, tío.


martes, 27 de junio de 2017

El otro día discutí con un feminista

No hay nada más noble y satisfactorio en esta vida que luchar por aquello en lo que uno cree. Defender tus ideales y compartirlos con el prójimo, para que a la noche cuando te acuestes y apoyes la cabeza en la almohada, cierres los ojos pensando en que hiciste algo por cambiar el mundo y convertirlo un lugar mejor.

Pero como bien dicen por ahí, todo en exceso es malo.

El otro día durante una conversación con amigos en un grupo de chat, entre emojis y audios, se me ocurrió compartir un meme que hacía alusión al antifeminismo. No porque yo sea antifeminista, ni mucho menos. Simplemente me resulto cómico en el momento y por eso decidí subirlo.

Carlos, uno de los chicos del grupo, es un feminista empedernido, y les mentiría si les dijera que no esperaba una reacción suya al momento de compartir la imagen. De hecho esperar su reacción negativa tal vez haya sido mi única motivación a la hora de subir el meme. Hacer que se enojara, me puteara y que luego todo el asunto se terminara ahí. Sacarles unos cuantos “jajajaja” a mis amigos y continuar con el curso de nuestras vidas.

Lamentablemente las cosas terminaron por dar un giro totalmente inesperado.

Decir que Carlos se lo tomo a mal es poco y no le hace justicia a la conversación que están a punto de leer.

El no solo se enojó con todos nosotros (conmigo por haber compartido el meme y con el resto por haber tipiado aquellos “jajajaja”) sino que abondo el grupo y cualquier intento por hacerlo volver resultó completamente inútil.

Carlos es el tipo de persona que piensa que puede cambiar el mundo por sí mismo a base de palabras. Interminables monólogos en donde expone sus pensamientos y te explica porque todo lo que vos hagas y/o digas está mal, mientras que el representa todo lo que está bien.

Sabía muy bien en donde me estaba metiendo cuando decidí hablarle por privado. Una caverna oscura e inhóspita, en donde la razón y el sentido común quedaban completamente anulados por el Leviatán de la soberbia.

Aun así tenía que intentarlo.


W: Hola Carlos.

Carlos: Hola.

W: ¿Que pasó? ¿Por qué saliste del grupo?

Carlos: Me pareció totalmente fuera de lugar lo que compartiste. Muy desagradable.

W: Jajajaja ¿Para tanto? Es solo un meme man, la gente comparte miles de imágenes como esa por día, y peores también. Relajate.

Carlos: No W, no me puedo relajar. Es justamente tu actitud lo que más me molesta. Que te lo tomes como si fuese una joda.

W: Es que es eso Carlos. Una joda. Una imagen que vi por Facebook y después compartí en el grupo. Si vos te lo queres adjudicar como algo personal es un tema tuyo.

Carlos: Yo creo que hasta para “joder,” como decís vos, hay límites. Hacer bromas con algo tan serio en los tiempos que estamos viviendo hoy simplemente no me parece.

W: Disculpa Carlos, ¿Qué tiempos?

Carlos: ¿No lees las noticias vos? ¿Tan ignorante sos?

W: Sí, las leo.

Carlos: ¿Y entonces?

W: Es que realmente no entiendo cuál es la conexión entre las fuentes de noticias, con un meme que compartí por un grupo de chat. Además salís con eso de “Los Tiempos de Hoy”. ¿Por qué no me explicas eso mejor?

Carlos: ¿Es que realmente hace falta que lo explique? ¿De verdad sos incapaz de percibir el nivel de complejidad y agravamiento de tus propios actos? Pensé que eras más inteligente.

W: El problema no es que tan inteligente pueda ser yo, Carlos. El tema es que vos tenes que pensar que el resto de los mortales no fuimos dotados con las mismas habilidades deductivas que vos.

Carlos: Sos un boludo, W. Te la das de vivo y sos un pobre boludo.

W: Puede ser. Por eso mismo te imploro, oh gran eminencia de la edad contemporánea, que ilumines mi estupidez con tu relato resplandeciente.

Carlos: Jajajaja, ok, no voy a entrar en tu juego.

W: ¿Qué juego?

Carlos: Esos juegos que tanto te gustan jugar con la gente, propios de un subnormal como vos.

Nota: En los pocos segundos que tuve para poder replicar lo que me acababa de decir, manda otro mensaje. Por lo que descarto mi contestación.

Carlos: Vos te lo tomas en broma, y así, por gente como vos, todos los días a las mujeres las matan, las violan y las descalifican como personas.
Pero bueno supongo que para la gente como vos vale la pena con tal de poder reírse un poco y pasar el rato.

W: Carlos es solo un puto meme.

Carlos: Así empieza la gente como vos, compartiendo memes.

W: Perdón, ¿la gente como yo?

Carlos: Personas que un día comparten un meme y al otro están violando nenas de quince años.

W: Carlos ¿Me estas llamando violador serial por compartir un meme que vi en una página? ¿Esto es real?

Carlos: Es que si te pones a pensar, todos los hombres son violadores. Por más que no practiquen el acto en sí, en el fondo todos están podridos.

Nota: Obviamente tras semejante declaración del buen Carlos, me quedo unos minutos expectante frente al monitor esperando a que agregue algo más, pero no fue el caso

W: Pero entonces por lo que me estás diciendo, tengo que llegar a la conclusión de que vos también sos violador.

Carlos: Es que no es algo que yo elija de manera consciente, sino que viene incorporado en nuestra naturaleza.

W: Entiendo.

Carlos: Es que es así.



W: Che Carlos.

Carlos: ¿Qué?

W: ¿Otra vez estuviste chupando la bola del desodorante?

Carlos: Andate a la mierda enfermo.

W: Vos violas nenas de quince años ¿Y el enfermo soy yo? ¿Cómo es eso?

Carlos: YO NO VIOLE A NADIE PELOTUDO. Una cosa son los pensamientos que yo como ser humano pueda llegar a gestar y otra muy diferente es burlarse de la imagen de la mujer como lo haces vos!!!

W: Yo solo compartí una imagen, técnicamente no me burle de nadie.

Carlos: ¿Vos decís?

W: Obvio. Pero bueno, ahora solo resta saber una cosa.

Carlos: ¿Qué cosa?

W: Si me vas a denunciar, Carlos.

Carlos: ¡¿Denunciar?! ¡¿De qué hablas?!

W: ¿Cómo de que hablo? De la Policía Anti-Memes, por supuesto. ¿Me vas a denunciar?

Carlos: No es que claramente con vos no se puede hablar porque no estás bien de la cabeza.

W: Carlos por favor te pido que no evadas la pregunta. Necesito saber si me vas a denunciar. No puedo ir la cárcel.

Carlos: Matate imbécil.

W: Tomo tu silencio como un “no” entonces. Me parece justo. Vos no me denuncias por lo del tráfico de memes y yo no le menciono a nadie lo de las violaciones.

Carlos: Chabón, agradece que no te tengo en frente mío en este preciso instante.

W: ¿Pensas violarme a mí también?

Carlos: Me das lastima. De verdad te lo digo.

W: ¿Por?

W: ¿Carlos?

W: ¿?

*Me bloquea*


A esta altura es una obviedad señalar que cuando alguien te bloquea en Facebook, al mismo tiempo que dejas de ver cualquier actividad del contacto en cuestión, la “amistad” queda cancelada de manera automática y la persona simplemente desaparece de tu lista de amigos.

A menos que me hiciera una cuenta nueva exclusivamente para hablar con Carlos, o que usara la de otra persona (de hecho la de mi hermano fue la opción más latente en su momento) no iba a poder hablar con él. Lo cual es una pena, porque la conversación, como pocas veces, me dejo un gusto realmente amargo. Carlos era un amigo, y no quería perder su amistad a causa de un tonto malentendido por chat. Sí. Era un estúpido y tenía una pésima manera de defender su punto de vista. Pero aun así, no valía la pena, por lo que decidí hacerme una nueva cuenta y hablarle al día siguiente, cosa de encontrarlo más calmado.

W: Hola, Carlos.

Nota: Ni bien le mando el mensaje, lo primero que pensé fue que no iba a responder y que directamente me iba a bloquear, pero para mi sorpresa, responde casi al instante.

Carlos: ¿Qué queres?

W: Eeeh ¿Por qué la mala onda? Encima que me bloqueas del Feisbus.

Carlos: Vos te lo buscaste, con tu mediocridad y falta de respeto.

W: Los chicos preguntan cuándo vas a volver al grupo.

Carlos: No pienso volver.

W: Carlos, yo jamás te falté el respeto. Y si en algo me equivoque, Dios sabe que lo estoy pagando.

Carlos: ¿Dios? ¿De qué estás hablando? No empecemos con la boludez de nuevo, por favor.

W: Es en serio Carlos. Cualquier cosa que haya hecho mal en los últimos días, tene la plena seguridad de que lo estoy pagando y con creces. Vos deberías saberlo, después de todo esto fue obra tuya.

Carlos: No entiendo de que estás hablando.

W: Recibí una carta.

Carlos: ¿Una carta?

W: Sí, una carta.

Carlos: ¿De quién?

W: Carlos, ¿de verdad pensas seguir con esta farsa de que no sabes nada al respecto?

Carlos: Es que no sé de qué carajo hablas chabón. ¿Se puede saber de qué mierda es la carta?

W: Me citaron, Carlos.

Carlos: ¡¿De dónde?!

W: Del Ministerio de Memes.

Carlos: ANDA A LA CONCHA DE TU HERMANA.

W: Es en serio, Carlos. Me citaron a declarar por el uso de memes antifeministas.

Carlos: A vos no te pueden citar a declarar de ningún lado porque sos inimputable flaco.

W: Te llevaría la carta hasta tu casa para que la veas y me creas, pero no puedo porque estoy bajo arresto domiciliario, Carlos. Y todo por tu culpa.

Carlos: Matate enfermo. Por tu bien espero no cruzarte por la calle, porque te juro que te mato.

W: Está bien Carlos. Si no queres volver a verme o hablarme lo entiendo y lo respeto. Pero necesito que por lo menos me digas la verdad. Creo que me lo merezco.

Carlos: ¿Qué verdad, idiota? No sé de qué hablas y la verdad que ni me importa tampoco.

W: ¿Cuántas, Carlos?

Carlos: ¿Cuántas que?

W: ¿Cuántas chicas violaste?

Carlos: Te voy a matar.

W: Carlos, yo lo único que quiero es saber la verdad. Los padres de esas criaturas merecen saber la verdad.

Carlos: Quedate tranquilo que te la voy a contar personalmente. Estoy saliendo para tu casa, infeliz.

W: Barbaro, así charlamos un poco.

Carlos: Te voy a dejar hecho una figurita.

W: Carlos ya que venís, ¿no me harías el favor de traerme la PSP que me olvide en tu casa?

*No vuelve a responder*

Dos días pasaron de esta conversación. De más está decir que Carlos nunca se presentó a cumplir sus amenazas (ni vino a traerme mi PSP, vale aclarar) porque es un cobarde que está dispuesto a defender su credo siempre y cuando sea detrás de la salvedad de un monitor.


Malditos fanáticos. Juro que no voy a descansar hasta cazarlos a todos.



jueves, 15 de junio de 2017

Ser social está sobrevalorado

La habilidad de prejuzgar a la gente es algo que viene incorporado en el ser humano prácticamente desde que este adquiere la capacidad de razonar.

Todos en algún momento de la vida hemos hecho uso de esta facultad. Negarlo no tendría ningún sentido ya que forma parte de nuestra naturaleza.

Solo nos basta con ver una persona un poco excedida de peso caminando por la calle para pensar: “Mirálo al gordo, que se tragó? Un fiat 600? Debe estar todo el día comiendo seguro. Fija”

Sin detenernos a pensar un instante en las circunstancias que lo habrán llevado a tener esas dimensiones, pobre gordo.

O si no de pronto cruzarnos con un amigo, un conocido; en donde se da la casualidad de que justo las dos veces que lo vemos se encontraba tomando una cerveza con un grupo de amigos. Entonces tomando eso y sumando el hecho de que después sale etiquetado en una foto de Facebook donde se lo ve con un vaso de cerveza en la mano, nos da los elementos suficientes para concluir casi de manera instantánea que el tipo es una esponja humana y que a donde sea que vaya se toma todos los tragos habidos y por haber, amaneciendo la mañana siguiente desparramado sobre el tibio charco de su propio vomito.

Y pasa exactamente lo mismo con las personas que son antisociales.

Desde el origen de los tiempos, es costumbre del hombre colocar a este tipo de personas en lo más bajo de la pirámide social. Vistos por lo general como criaturas oscuras del inframundo, quienes llevan una existencia triste, vacía y patética.

“¿Pero por qué pasa esto, W?” te estarás preguntando vos en este momento sentado frente a la PC, mientras esperas cómodamente a que esas gigas de anime y virginidad en estado puro se terminen de descargar.

Si bien no creo tener la respuesta definitiva, para tratar de responder esa incógnita me remitiré al tópico inicial: El prejuzgamiento.

En la mayoría de los casos, las personas antisociales tienen muy pocos amigos (o directamente no tienen), casi no salen y no hablan más que lo justo y necesario para hacerse entender y poder así satisfacer las necesidades básicas como comer y vestirse.

Y son justamente aquellas características las que inducen a la gente “normal” a pensar que llevan una vida miserable.

Hoy no solo te voy a demostrar que eso es completamente falso. Patrañas que se inventan los normys para darse una explicación a ellos mismos sobre una realidad que escapa a su imaginación y entendimiento como agua entre los dedos. No. No solo te voy a demostrar eso, sino que también te voy a revelar porque ser una persona antisocial tiene, de hecho, bastantes beneficios.

Esto claro, siempre y cuando sepas usar bien tus cartas. Así que sentate y toma este articulo como una guía práctica, la cual te va ayudar a desarrollar ese potencial que tenes oculto y que los normys envidian en secreto.

Para empezar, y esto es clave: el universo ignora por completo tu presencia. Esto significa que desde el vamos nadie te va a pedir que hagas algo por alguien porque nadie espera algo de vos. Lo cual te va a facilitar la vida en un 90%

Presta atención:

Donde una persona normal se ve obligado a inventar una excusa que lo ayude a escapar de un evento al que no quiere ir. Ya sea un cumpleaños, un asado con tus compañeros de trabajo o un velorio, a vos directamente ni te van a invitar. Porque la idea de ese tipo de reuniones es pasarla bien. Sonreír y regocijarse bajo la luz del sol en una tarde rodeado de amigos y seres queridos. Y como vos justamente representas la antítesis a todo eso, van a tomar todas las medidas necesarias para evitar que vayas y les jodas el día.

¿Y los podrías culpar por ello? No. Sabes que no. Sabes perfectamente que basta con que respires a solo dos metros de la vida de otro ser humano para cagarsela.

La fecha de tu cumpleaños es otro ítem atractivo que tenes a tu favor. Ya que en contraste con la gente a la que literalmente no le alcanzan las horas del día para poder reunirse con todos sus amigos y familiares y tienen que recurrir a festejarlo en dos o tres días, tu única preocupación es que no te falle ninguno de los dos únicos amigos que tenes. Esos dos amigos más los extras de la primaria que puedan llegar a caer más tarde porque les dijiste que iba a haber cerveza.

Mientras los demás se ven en la tediosa tarea de atender los más de treinta o cuarenta llamados que recibe de gente para felicitarlos y que los tiene media hora en el teléfono en el mejor de los casos, vos con el único llamado que vas a tener que lidiar va a ser con el de tu abuela, si es que se llaga a acordar de esa fatídica fecha que supone el día de tu llegada a este mundo.

Ya me la puedo imaginar a la venerable anciana, sentada sobre su silla mecedora y pensando:

“Y si, lo voy a tener que llamar. Es mi nieto, no me queda otra. Mejor me lo saco de encima ahora, antes de que empiece la novela.”

No tengas dudas. Ese es el pensamiento exacto que pasa por su cabeza antes de llamarte por teléfono. Anhelando siempre la posibilidad de que por algún motivo no puedas atender la llamada.

“Ay qué bueno sería que no me atienda. Que esté hablando con otra persona. No, pero claro ¿Quién lo va a llamar? Debo ser yo la única pelotuda.”

Y entonces con un inmenso dolor en el pecho, empieza a marcar el número de tu celular.

Pero bueno, es un llamado cortito, de diez minutos con toda la furia en el cual vas a hablar exactamente lo mismo que hablas todos los años.

-Hola querido, feliz cumpleaños
-Gracias abuela
-¿Cómo la estás pasando?
-Bien, bien. ¿Vos cómo estás abuela?
-Bien querido, bien.
-Bueno me alegro abuela, ya te voy a ir a visitar.

Ahí tu abuela entra en pánico y automáticamente piensa:

“Ay no, por Dios no. Ay, ojala que no venga. Ay ojala que lo pise un auto y no pueda venir. No es que no lo quiera, es mi nieto, pero que se quede en su casa. Que no me venga a joder mí.”


Otro punto a destacar de este infravalorado grupo, es que no tienen que preocuparse por responder un mensaje a tiempo, porque rara vez reciben uno. Y si lo hacen, de seguro son mensajes que se limitan exclusivamente a temas como la facultad y el trabajo.

Para que perder tiempo en conversaciones ociosas del tipo “Hola, cómo estás?” o “Che como venís llevando el tema de la amputación de tu pierna izquierda”?

No tiene sentido.

No tienen que dar explicaciones de porque llegan a la hora que llegan, ya que no tienen a nadie que los esté esperando.

Incluso tu madre, la persona que te engendró, se decepciona cada vez que escucha el sonido de las llaves detrás de la puerta y te ve atravesar la sala al tiempo que exclamas “Ya llegué.”

Tu mamá, en su total ignorancia, es presa del miedo ante la idea de pensar en que te pongas a hablar con ella.

Stop.

¿Hablarle de que? Pobre ingenua, ignora por completo que como todos los días no tenes nada que sea relevante para contar, y lo único que queres es retirarte a tus aposentos para estar solo y en silencio, mientras abrazas a tu vieja amiga la oscuridad.

Al principio te hable sobre la gente que inventa todo tipo de excusas a fines de librarse de un evento al que no quieren asistir.
Lamentablemente no todos gozan de la misma creatividad, por lo que muchas personas ocasionalmente se ven obligadas a asistir a lugares en contra de su voluntad y se exponen al contacto con gente a la que no quieren ver, solo para no herir los sentimientos de la persona que los invito.

“No, como no vas a ir. Queda mal.”
“No, como te vas a ir a esta hora. Queda mal.”


Novatos.

Vos, que sos experto en pasar desapercibido hasta en la fiesta de tu propio cumpleaños, no tenes este tipo de inconvenientes, y si no estas a gusto con el ambiente que te rodea simplemente te levantas y te vas.


El problema con la gente común es que se aventura a indagar sobre las cuestiones personales de una persona, sin antes detenerse a pensar si realmente le importa.
Basta para que una persona que apenas conocen entre en su campo de visión para preguntarle “¿Todo bien?” sin saber a que se están embarcando.

Y es justamente ahí, donde sucumbe el hombre común, que el antisocial triunfa, y se pregunta a si mismo:

“¿Me importa cómo está esta persona? No lo creo. Auriculares a mí.”


martes, 30 de mayo de 2017

Mi vida durante el secundario

El otro día me encontraba tirado en mi cama, panza arriba mirando el techo, cuando de repente por razones que desconozco, se apoderó de mí un fuerte sentimiento de nostalgia. Sentimiento que me trasladó a mi vida durante el secundario.

Rarísimo.

De un momento a otro, rostros de personas las cuales creí haber enterrado hace años en los avernos más profundos de mi mente, empezaban a cobrar vida de nuevo. Al principio de una manera muy vaga y obtusa, pero que de a poco iban tomando forma.

Se me ocurrió ponerme a buscar las fotos que tenía guardadas de aquellas lejanas épocas, a fin de que eso me ayudara a recordar mejor. Pero por más que busque durante un largo rato no fui capaz de encontrar ninguna. Ni de salidas, ni de excursiones, ni siquiera del viaje de egresados. Ni una mísera foto.

Entonces me acordé. No tenía fotos, porque no tenía amigos. Todos me odiaban. Y con justa razón, porque había sido un pésimo compañero, o al menos eso fue lo que me hicieron creer.

Mientras la mayoría de las personas recuerdan su vida de estudiante de secundaria con cariño, considerándola en muchas ocasiones como la etapa más linda de sus vidas, yo por mi parte, de lo que más me acuerdo es de como tenía que escaparme del salón y salir corriendo ni bien tocara el timbre porque mis compañeros me querían cagar a trompadas.

Me acuerdo que una vez me habían corrido como veinticinco cuadras, cuando en primer año durante uno de los exámenes finales de Lengua y Literatura, delate a uno de mis compañeros con el profesor porque se estaba copiando. Su situación era tan crítica que necesitaba aprobar el examen con una nota alta para no llevársela a marzo y salvarla por lo menos para diciembre.
Recuerdo bien haber dejado de prestarle atención a mi propio examen para enfocarme en los movimientos de mi compañero y encontrar el momento preciso para poder acusarlo.
Finalmente, al menor indicio de oportunidad, me levanté de mi asiento cual águila que se lanza sobre su presa y totalmente embriagado de poder al tiempo que señalaba con un dedo acusador exclamé: “¡Profesora! ¡Juan se está copiando! ¡Ahí! ¡Mire! ¡Mire!”
La profesora automáticamente le saco el examen y lo aplazó en el acto, haciendo que se llevara la materia a marzo.
“Vamos a ver si tus vacaciones ahora resultan tan divertidas como lo esperabas,” pensé mientras sonreía de oreja a oreja y mi compañero, al borde del colapso miraba como esa lapicera bic roja trazaba la palabra “aplazo” en su hoja. Hermoso.

De todas formas creo que esta bueno aclarar que actos como este no deben ser vistos como malignos, ni con la intención de hacer daño, sino como medios de entretenimiento a los que acude un niño adolecente para poder divertirse un poco y lograr sobrevivir en ese submundo oscuro al que llamamos escuela secundaria.

Yo no era malo, solo que por algún motivo disfrutaba cagarle la vida a los demás y deleitarme en las penas ajenas. Solo hacía falta que un compañerito me dijera que estaba angustiado porque creía que le había ido mal en un examen para que yo pensara: “Ay Dios, ojalá que le haya ido mal. Sí, ojalá se saque un uno así se pone a llorar en medio del salón. Qué bueno que estaría.”

Una vez en un cumpleaños de quince –en toda mi vida me habrán invitado a dos, máximo- recuerdo haber estado sentado solo en la mesa, mientras todos los demás bailaban y la pasaban bien, cuando en eso aparece la chica del cumpleaños y me pregunta porque yo no bailaba. “No me gusta,” le respondo. Me acuerdo bien que ella tomo una de las sillas que estaban ahí, se sentó y me dijo que la hacía sentir mal ver que no la estaba pasando bien. “Queda mal que estés acá solo,” me dijo. Yo la miré y le dije: “Si vamos al caso, vos quedas mal con ese vestido. Andá a saber cuánta plata gastaron tus viejos en esta fiesta como para que vos no hayas podido bajar por lo menos dos kilos y entrar en ese vestido como corresponde. Igual la comida esta buena.”
Ese día me acuerdo que me angustie de verdad. Porque pensé que finalmente estaba haciendo progresos en el complejo arte de socializar. Generando finalmente un tema de conversación que no fuese “hola” y “chau”. Pero no, la cumpleañera se lo tomo muy mal. Se puso a llorar, se encerró en uno de los baños y mientras los padres golpeaban la puerta desesperados para que salga ella entre sollozos demandó que solo iba a salir del baño si yo me iba de la fiesta y el lunes a primera hora hablaban con el rector para que me expulsaran del colegio.

Lo de la expulsión no pudo ser, para desilusión de todos el curso, pero la gente del salón me pago un remis para que me llevara hasta mi casa, a efectos de poder continuar con el evento.

La pase realmente mal. Pensé que finalmente estaba logrando progresos en mi meta de hacer por lo menos dos amigos antes de terminar el secundario, pero no fue así. Y debo confesar que lo que más me dolió no fue la puñalada que la vaca de mi compañera le dio a mis sentimientos, sino que me echaron de la fiesta faltando tan poco para que los mozos empezaran a servir el desayuno junto con las medialunas.
Mientras el personal del salón me escoltaba fuera del lugar, con los vítores de mis compañeros de fondo y el padre de mi compañera orquestando todo el movimiento al grito de “Solo a vos se te ocurre invitar a ese sorete,” le pregunto a la madre, que en aquel momento era la que a mi parecer emanaba menos odio, si me podía llevar por lo menos dos medialunas para el camino. Ella me contestó que con tal de que me fuera me llevara todas las que quisiera.

De más está decir que yo me negué. Tal vez no tuviese amigos pero había algo con lo que si contaba en opulencia por suerte, que era dignidad. “Deja, mejor guardatelas para el ballenato de tu hija,” le dije.
Mi compañera lanzó un último grito de dolor seguido de una imprecación que no llegue a escuchar porque alguien ya había entrado al remis.

Lo único que rescato de esa fiesta es que por lo menos me retiré con la frente en alto. Todavía era muy joven, ya me echarían de fiestas mejores.

O eso fue lo que pensé yo de manera errónea por supuesto. Porque después de esa fiesta más nunca me volvieron a invitar a otro cumpleaños o evento de similares características.
Antes, por lo menos los padres de mis compañeros de lastima los obligaban a que me invitaran, pero después ni eso. Es más, recuerdo bien que hubo un momento en el que las invitaciones de cumpleaños empezaron a venir con una clausula abajo que en letras chicas decía que independientemente de quien se presentara con dicha invitación, yo no podía entrar.

Una vez, en cuarto año, me acuerdo de un examen de matemáticas en el que por una sola falla la profesora me había puesto un 7,50. Eran cuatro ejercicios, de los cuales cada uno tenía un valor de 2,5 puntos. Suponiendo que de verdad yo había cometido un error la calificación estaba bien puesta. El inconveniente vino después, cuando me entero de que uno de mis compañeros había cometido el mismo error, en el mismo ejercicio, con la diferencia de que a él se lo habían puesto como que estaba bien.
Lo que era aún más interesante era que todos los demás estaban mal, por lo que la profesora le puso un 2,50.

Yo tenía dos opciones: O le reclamaba a la profesora para que me cambiara la calificación a 10, o me conformaba con mi 7,50. La verdad que yo mucho para perder no tenía, salvo que la profesora optara por no subirme la nota y bajarle el puntaje del examen de mi compañero a cero.
Mi compañero prácticamente me suplicó que no le dijera nada. Su padre siempre había sido una persona violenta. Varias veces recuerdo haberlo visto venir a clases con moretones en los brazos que el desesperadamente trataba de esconder debajo del buzo. Por lo que si se aparecía en la casa con un cero, era muy probable que recibiera una epica cagada a trompadas.

La profesora miro mi examen, me miro a mí, y dijo: “Mira yo no te puedo subir la nota, pero si les vas a decir a tus papas para que hablen con el director no me va a quedar otra alternativa más que bajarle la calificación a tu compañero.”

De nuevo. El chico me rogo para que no dijera nada. Que dejara todo como estaba. “Vos sabes como es mi papá, por favor, si decís algo lo único que vas a hacer es perjudicarme a mí.”

Pero era demasiado tarde. La misma profesora me había dado el poder para actuar como verdugo de mi compañero y cortarle la cabeza. No podía dejar pasar semejante oportunidad.

“Profesora, la decisión es dura y a nadie le duele más que a mí pero es lo justo. Bájele la nota Gustavo. Tome, use mi birome.”

Lo único que lamento es no poder haber visto como lo molían a golpes a mi pobre compañerito, pero me acuerdo que por tres días no asistió a clases.
Las represalias de sus amigos no se hicieron esperar, por supuesto. Al otro día cuando llego al salón, encuentro la siguiente frase en mi banco escrita con liquid paper: “Estas muerto.”

Por suerte yo ya había tomado las precauciones necesarias y me había sentado en uno de los bancos de la primera fila, que eran los que estaban más cerca de la puerta. Cosa que cuando sonara el timbre pudiese salir corriendo hasta la puerta de salida y escapar.

Repito, no es que yo haya sido un hijo de puta o un mal compañero. Lo que pasa es que era muy inocente, y en mi intento desesperado por hacer amigos y encajar en el grupo a veces lograba resultados completamente opuestos. La culpa no es mía sino de mis compañeros, que nunca me dieron la oportunidad de redimirme de mis actos. Basta con decirles que en quinto año, durante los preparativos para el viaje de egresados, se pusieron a juntar firmas para que no vaya, logrando juntar no solo las de todo el curso, sino además la de los padres y casi todo el cuerpo docente.

Yo no era malo, me hacían bullying. Que es distinto.



miércoles, 3 de mayo de 2017

El otro día tuve una cita por Tinder - PARTE 2




“Esto es un error. Yo no debería estar acá, debería estar en mi casa viendo Attack on Titan, comiendo pan con manteca,” fue lo que pensé no una, sino varias veces, aquella calurosa noche de verano, parado en una esquina mientras esperaba a Anís, la chica que había conocido por Tinder.
“Es obvio que no va a venir. Te dejaron de plantón W,” no dejaba de repetirme una y otra vez. “Y la verdad que bien por la chica. Porque esto no es más que otro intento desesperado tuyo por encajar en la sociedad y llevar una vida normal. Intento que seguramente termine yéndose por el garete junto con los anteriores. Porque bien sabes que sos incapaz de interactuar con otro ser humano sin forrearlo. Necesitas arruinarle la existencia a cual persona te cruces por el camino. Está en tu sangre.”

Me había agarrado tal estado de negatividad que estuve a punto de echar todo para atrás y volverme a mi casa. Pero en ese momento recibo un mensaje de Anís que decía lo siguiente: “Llego en diez,” nada más que eso. Yo asumí que diez minutos por supuesto. Miro el celular y el reloj de la parte superior de la pantalla marcaba las nueve y veinticinco de la noche. Habíamos quedado en encontrarnos a las nueve y media, por lo que dentro de todo todavía estábamos en el horario establecido. Cualquiera se puede pasar cinco minutos.

“Bueno, ya fue, espero cinco minutos más, total seguro que no viene,” me dije, siempre con la idea de que a último momento la piba se iba a arrepentir e iba a optar directamente por no aparecer. “Este tipo esta desquiciado. Mirá lo que son esas fotos. Si, si, debe ser un desquiciado. Mejor me quedo en mi casa y trabo puertas y ventanas, por las dudas.”

Pensamientos similares daban vueltas por mi cabeza cuando de repente aparece Anís. No sé si fueron exactamente diez minutos los que estuve esperando. Tal vez fueron más, tal vez menos, no me fije.
La miré, y por más que supe al instante de que se trataba de ella, no puede evitar hacer una comparación con las fotos que mostraba en su perfil de Tinder.
No voy a decirles que me decepcione con la persona que apareció ante mí porque estaría mintiendo. A ver, si bien las fotos a veces suelen mentir, tienen un límite. No había forma de que Anís en las fotos aparezca como una mujer carilinda de ojos verdes y cabello rubio, acompañada de una cintura delgada con unas buenas piernas, y en persona sea una gárgola. Pero cuando le vi bien la cara tuve esa sensación que se apodera de uno cuando por ejemplo haces una compra en Mercado Libre y cuando lo retiras y lo tenes finalmente en tus manos decís: “Eeeeeh, esto no se veía así en la foto.” Pero como ya estás ahí y te pegaste un re viaje lo terminas comprando igual.
En fin, si bien Anís no termino siendo tal cual se mostraba en sus fotos, no dejaba de ser una chica bastante atractiva. 


Nos saludamos lo más bien, y me comenta que se retrasó porque había salido tarde de trabajar. “No hay drama,” le digo y en seguida me encuentro acorralado ante la siguiente pregunta: ¿Y ahora qué diablos se supone que tengo que hacer?
A ver. No es que jamás invité a una chica a salir. Habré invitado a unas cien cachorras. Lo que pasa es que las cien me dijeron que no, por lo que no estoy muy familiarizado con el procedimiento a seguir una vez que aceptan. Y cuando digo que no estoy familiarizado quiero decir que no tengo ni la más puta idea.

La célebre frase “salir a tomar algo” puede abarcar muchas cosas.

La idea de llevarla a un lugar con poca gente, oscuro e inhóspito fue descartada de inmediato, ya que no quería parecer un violador serial. Pero tampoco quería ir a un lugar que estuviese repleto de gente, ya que estaría creando demasiados testigos. Si mi ritual de cortejo en pos de lograr el apareamiento terminaba siendo un fracaso absoluto y la cachorra salía huyendo del lugar espantada, por lo menos que lo viera la menor cantidad de gente posible.

“¿Qué te parece si vamos al restaurant que esta acá a dos cuadras?” le pregunto. “Pase de camino y se veía bastante tranqui.” Por un momento casi le digo deshabitado, pero utilizar una palabra como esa en una primera cita me resulto un toque siniestro.
“Ah, dale,” me dice ella con una sonrisa.
“Barbaro. Y contame ¿Qué hiciste hoy?” Le pregunto porque obviamente de ALGO teníamos que hablar hasta llegar al restaurant en cuestión.
Sonríe. “Hoy trabaje todo el día pero también estuve leyendo un libro que me tiene re enganchada la verdad.”
Qué bueno, pensé. Siempre me gustaron las chicas que prefieren disfrutar de un buen libro en casa antes que salir a bailar. Aparentemente Anís pertenecía a este tipo.
“Mira vos, ¿Y qué libro estás leyendo?” le pregunto, con sincera curiosidad.
“Ay, ahora no me acuerdo,” me responde.



 

¿Qué probabilidades hay de que estés leyendo un libro, que en teoría te tiene “enganchado” pero no logres recordar el nombre del mismo? Ninguna creo yo. Por lo que o bien me está haciendo una broma para ir entrando en confianza o es una imbécil.
Yo realmente quería apostar a esta salida. Apostar a Anís y apostar a Tinder. Creer en que la aplicación no me estafó vilmente y no me hizo salir con un chimpancé retardado.

Así que me aferre con todas mis fuerzas a la primera opción e intente seguirle el juego.
“¿Y de que se trata?”
Sonríe. De nuevo. “Ay, es que es difícil de explicar. Bah, en realidad soy yo la que no es buena explicando cosas.”
“Esta bien, no pasa nada, pero ¿Qué genero preferís?” Suelta una sonrisita, como una especie de “jjijijijij.”

-Pasa que no tengo un género así como…
-¿Como qué?
-No me sale la palabra…
-¿Favorito…?
-Claro, favorito. Leo lo que me van prestando a veces.

Confirmado: Es una imbécil.

No sé, yo pensé que en el peor de los casos me iba a decir “me gustan las novelas románticas.” Hasta que me dijera “Crepúsculo” hubiese sido aceptable.”
Pero que me dijera “No tengo idea de que estoy leyendo, leo cualquier cosa que me presten,” era algo que sencillamente escapaba a mi capacidad de comprensión. 


Pero bueno tampoco era cuestión de juzgar a la chica por decir UNA pelotudez. Había que mantener una actitud positiva ya que la noche recién estaba empezando.

Para mi desgracia…

Llegamos al restaurant. Bastante tranquilo. Viene el mozo, nos trae la carta. “¿Qué tomas?” le pregunto.

La sonrisita. De nuevo. “Que alegre que es esta chica,” pensaba yo.

-No sé, cualquier cosa. Una agua citrus.
-Ok ¿Y para comer?
-Cualquier cosa *sonrisita*
-¿Si te pido la mano de un mono te la vas a comer?
-¿Perdón?
-Cualquier cosa me dijiste.
-Jijijij es que no tengo mucha hambre, podemos pedir una picada si queres.
-Dale, me gustan las picadas.

Le dedico una breve pero reveladora mirada a la lista de precios. “Recorcholis,” maldije hacia mis adentros. “¿Por qué le pregunte que quería? Tendría que haber pedido una soda e íbamos a medias.” Pero bueno ya está.
La cuestión es que picada solo había una y era para cuatro personas. Estaba seiscientos cincuenta pesos. Anís era (o mejor dicho es, porque sigue con vida, al menos hasta donde yo sé) una chica que a simple vista vos la mirabas y ya te dabas cuenta que comía como un pajarito. Así que a efectos de evitar pedir una picada de semejantes proporciones para que la mina termine comiendo únicamente dos cuadraditos de jamón y me diga “no como más” y yo termine metiéndole la cabeza adentro de la bandeja, me decidí por pedir una tabla de fiambres y quesos. Total lo principal era charlar un rato para conocernos más.
La bandeja incluía un par de quesos y un par de fiambres que no son relevantes salvo por el jamón crudo. El jamón es de vital importancia para el desarrollo de la trama y el plot twist.

Nos ponemos a charlar y me doy cuenta de que jamás le pregunté de que trabajaba. Seguramente porque es un tema que siempre trato de evitar por chat en conversaciones de este tipo. Uno a veces llega cansado del trabajo y lo que menos quiere es ponerse a hablar de trabajo con un desconocido.

“¿De qué trabajas?” le pregunto.
“Trabajo en una agencia de catering,” me dice. “Ah, mira que bien. Que interesante,” le digo yo, siempre muy apegado al protocolo social. Porque es bien sabido que cuando hablas con una persona por primera vez y esta te comenta a que se dedica, uno por educación tiene que responder “Ah, mira que copado,” ya sea que trabaje en Google o vendiendo planchas de stickers del Hombre Araña en el subte.

-¿Y qué haces exactamente?
*se ríe* *Jijijijij*
-Trabajo como administrativa. Es medio difícil de contar.
-Me imagino.
-¡No! ¡En serio te digo!
-¿Tenes que llevar un conteo de los sanguchitos de miga? No me jodas, Anís.
*jijijijijij*
-No, soy medio recepcionista administrativa. La agencia es de mi hermana, trabajo con ella.
-Ok, te rascas todo el día frente a la PC viendo videos por Youtube y tu hermana te banca el sueldo.
-*jijijiji* ¡Yo no dije eso!
-Está todo bien Anís.

En eso llega el mozo, con la tabla de quesos y fiambres. Los quesos estaban geniales me acuerdo.

De repente Anís se queda observándome de manera dubitativa, así de la nada. Tenedor en mano con una feta de jamón enrollada en la punta.

-¿No comes el jamón crudo? Esta riquísimo.
-Nunca me gustó el jamón crudo.
-Ah, ¿Por?
-Simplemente no me gusta.
-¿Pero…qué es lo que no te gusta exactamente?
-¿El………….gusto?
-Ah, claro es verdad, el gusto. Vos debes pensar que soy una pelotuda.
-Noooooo Anís, pero por favooor ¿Cómo vas a pensar eso? Nada que ver.

En realidad era exactamente lo que estaba pensando. A ver. Supongamos que te invito a comer pollo y vos me decís que el pollo no te gusta. ¿Qué es lo que tengo que interpretar? Que no te gusta como sabe el pollo, obviamente. ¿O acaso existe alguna otra característica por la cual decidas que no te gusta una comida? Tal vez a algunas personas les guste el sabor de algunas comidas pero como no les gusta la textura o la estética del plato en cuestión optan por no comerlo. Anda a saber, capaz el raro soy yo.
En fin, para no dejar en evidencia el avanzado nivel de estupidez mental de Anís decidí cambiar rápidamente de tema con una de mis tantas maniobras de sociabilización.

-Me dijiste que fuiste al cine.
-Sí, jijijij. El sábado. Fui con unas amigas.
-Qué bueno che ¿y que fueron a ver?
-Logan.
-Ah mirá, me comentaron que es muy buena.
-Es excelente.
-¿Sos fan de las pelis de Marvel?
-Si, me encantan. Soy re fan.

“Qué bueno,” pensé. Si bien mi conocimiento en el mundo de los comics es bastante limitado, de las películas de Marvel hasta ese momento me había visto todas las que salieron. Un tópico que sin lugar a dudas a todos nos viene bien a la hora de generar un tema de conversación con una persona a la cual acabamos de conocer.

En una de esas la noche no estaba tan perdida.

-A mí también me gustan las pelis de Marvel. El otro día justamente me vi Deadpool ¿La viste?

-¿Quién es Deadpool?


Me bajó la presión.

La noche no estaba perdida. La noche se había ido a la re mierda. Exclamar ser un “gran fan” de las películas de Marvel y no saber quién es Deadpool es proporcionalmente igual a que yo diga ser un apasionado del fútbol y pregunte por qué mejor los jugadores no intentan meter los goles con la mano que debe ser más fácil.

En un momento recuerdo que me dice “me encanta ver series.” A lo que yo le pregunto cuales estaba mirando. Juro que la respuesta en textuales palabras de Anís fue la siguiente:

-Ninguna. Pero en su momento estuve re enganchada mirando una comedia sobre unos gays.
-Anís.
-¿Qué?
-¿Me estas jodiendo?
-No, es enserio. Es divertida porque yo tengo un amigo gay, entonces la miro con él y como que es más divertida.
- …

Lejos de que me sorprendiera lo del amigo gay, a este punto lo que realmente me sorprendía es que tuviera amigos.

“¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?” me pregunta en un momento. Dirigir la conversación hacia mí fue algo que me pareció bastante acertado por parte de ella. Más que nada por el simple hecho de que me empezaba a resultar más interesante la conversación de la pareja de ancianos que teníamos al lado sobre las ofertas en latas de atún, que lo que me estaba contando ella. Algo que tenía que ver con el asesinato de los padres, no sé, no recuerdo bien.

-Me gusta escribir.
-¿Sobre?
-Actualmente estoy escribiendo mi propia novela fantástica, pero también me gusta escribir sobre la vida misma.
-¡Qué bueno! Suena interesante. ¿Y cómo sería eso? Lo de escribir sobre la vida misma.
-Bueno, básicamente intento demostrar desde mi humilde punto de vista que la vida no es más que un vortex de miseria y oscuridad infinita en donde nada de lo que hagas tiene sentido porque igual te vas a morir.

La piba de repente se pone pálida.

-Ah mira…pero….eso no te parece como un poco….negativo?
-Yo creo más bien que queda sujeto a la interpretación de cada uno.
-Claro, por supuesto. ¿Y que más escribís?
-Bueno siempre me gustó mucho el humor negro y acido. Así que soy de escribir sátiras sobre eventos inesperados que van surgiendo en mi vida cotidiana. Situaciones raras con gente rara con la cual a veces me veo involucrado.
-Ayyyyy después me tenes que pasar algo de lo que escribís, jijijijiji. Porque esto ya me lo habías contado por Wahtsapp, yo te pedí que me pasaras algo para leer y te hiciste el boludo.
-Es verdad, mala mía. Prometo pasarte algo después.

Más tarde, después de salir del restaurant y acompañarla hasta la casa, en la puerta me dice: “Estuvo buena la cena. La próxima podríamos ir al cine.” Yo había borrado su número de de mi celular cuando todavía estábamos en el restaurant pero por cortesía le digo “Si, por que no.”

Si realmente esa era la forma de ser de Anís o si yo había sido víctima de la mayor trolleada en la historia de Tinder es algo que nunca voy a poder saber.
Ya en viaje, de regreso a mi casa, recibo un último mensaje de Anís, solo que ahora como ya no la tenía agendada, no me aparecía su nombre sino que solo salían los números de su teléfono.

-No te olvides después de pasarme algo de lo que escribís.
-Dale
-Espero no entrar y encontrarme con algo como “el otro día salí a comer con una pelotuda que conocí por Tinder,” jajajajaja
-No Anís, de ninguna manera. Te doy mi palabra.

jueves, 20 de abril de 2017

El otro día tuve una cita por Tinder - PARTE 1

Antes de dar inicio a mi relato, considero menester dejar en claro que las líneas que leerán a continuación, nada tienen que ver con esas noticias trágicas que circulan por internet en donde el chico, descontento con una o varias actitudes de la chica, opta por decapitarla de un hachazo, para posteriormente guardar su cabeza dentro del freezer a modo de trofeo.

Mis lectores, que por supuesto incluyen a amigos muy cercanos, me conocen y bien saben que la cosa tranquilamente pudo haber terminar así. Pero no fue el caso.

Sin ir más lejos, fueron varios de mis amigos los que insistieron en que me bajara la aplicación.  A ver, soy consciente de que no soy una persona físicamente atractiva. Así como también sé que mi personalidad muchas veces puede no resultar agradable y placentera a los demás. De hecho, mis amigos más cercanos, los que más me conocen, los que más afecto me tienen, me han llegado a decir cosas como: “Todo lo malo que hiciste en esta vida lo vas a pagar en el infierno, donde espero que te pudras.” Algo que por cierto yo tomo como una crítica constructiva por parte de alguien que se preocupa por mí.

No soy la persona más fácil de llevar. Lo sé. No lo niego y me hago cargo. Es por ello que algo tan normal como conseguir pareja, para alguien como yo, puede resultar una tarea bastante complicada.
 

Cuestión que un día entre tanta oscuridad que envuelve mi vida, pude divisar un tenue rayo de luz en plena penumbra cuando uno de mis mejores amigos a quien quiero con el alma, Gastón, un fracasado de 33 años que trabaja como empleado en un locutorio, me recomendó esta aplicación llamada Tinder, que sirve para conocer gente.

Ahora yo me pregunto lo siguiente: ¿A quien se le ocurrió esto? ¿Como alguien pudo siquiera pensar que sería una buena idea? ¿Acaso no es suficiente con el hecho de que la vida misma nos someta a conocer gente de manera sistematica desde el preciso momento en el que nacemos para lidiar con ello hasta el momento de nuestras muertes? ¿Era necesario? Hay que ser masoquista realmente.


En fin.

Este amigo me dijo que desde que se la descargó había logrado salir con dos chicas, por lo que ustedes se podrán imaginar mi grado de asombro al pensar “si un perdedor como mi amigo Gastón, que tiene una presencia repugnante a la vista, logra convencer a dos minas para que salgan con él, a mí, por lógica me debería ir mucho mejor.”
 

Me descargo la aplicación y no tardó mucho en darme cuenta de dos cosas. La primera que la gente es bastante pelotuda. Porque por alguna razón creen que el signo zodiacal al que pertenecen es de vital importancia a la hora de conocer a alguien. Tanto es así que lo usan prácticamente como carta de presentación. O al menos es lo que yo noté en varios perfiles.

“Vanina, 26 años. Ariana.”
“Lucila, 30 años. Capricorniana.”
“Andrea, 22 años. Taurina empedernida.”

A ver cachorra, tirame más datos. Taurina empedernida. ¿Se supone que eso esconde algún significado? ¿O simplemente se trata de una persona desquiciada que va por la vida dándole cornadas en el culo a cualquier persona que se le cruce por el simple hecho de que es de tauro y por lo tanto es aquella cualidad lo único que la define?

La segunda cosa que percibo es que al encontrarte con especímenes como estos, la única forma de conocer a la persona con la cual coincidiste es a través de una serie de preguntas rutinarias estilo interrogatorio policial.

¿De dónde sos?
¿A qué te dedicas?
¿Con quién vivís?
¿Cuál es tu grupo sanguíneo?
¿Te gusta la empanada de humita?

Y claro cuando llegas a la pregunta 25, la mina se pudrió y te canceló la conversación. Mientras tanto vos el único dato que conseguiste sacarle es que es de piscis e hincha del rojo. Qué maravilla.

El problema es que al no tener ningún tipo de información que me permita lograr un mínimo de interacción, no tengo más alternativa que recurrir al camino más corto, directo y sin ningún tipo de vueltas:

-Hola ¿Cómo estás?
-Bien ¿y vos?
-También. Mi estimada ¿Cómo se ve usted para garchar esta noche?

*cancela conversación*

“Esto no es para mí,” pensé luego de veinte intentos fallidos y estuve a punto de borrar la aplicación cuando recibo una notificación de un nuevo match.
La chica en cuestión era bastante atractiva. Por lo menos a nivel físico era mucho más de lo que yo podía pedir. “Seguramente le dio al corazón por error y en cuestión de segundos me va a cancelar,” dije. Pero no, luego de dos horas de esperar a que me cancelara le hablo. “Hola,” pongo.

“Ya está. Ahora me cancela seguro,” dije, pero no, “Hola ¿Cómo estás?” me pone ella.

-Bien ¿Y vos?
-También ^_^

En ese momento pensé en hacer alguna pregunta que no fuese tan mecánica estilo “¿de dónde sos?” No, la idea era más bien preguntar algo que me permitiera generar algún tema de conversación. Entonces le pongo “¿Que hacías?” Así, bien informal. Además es una pregunta que por una cuestión de educación es casi seguro de que después ella me la haga a mí. Pero bueno, yo se lo pregunte igual, de onda. A pesar de que es un estilo de pregunta que particularmente a mí me rompe las pelotas. Y es muy probable que si por ejemplo vos me pones “hola ¿qué hacías?” por Whatsapp, vaya hasta tu casa y te desfigure la cara a trompadas.

Pero esto era distinto. Acá no tenía opción más que ceder, si es que quería lograr algo con esta señorita que, repito, era muy linda.

Me responde casi al instante.

-Acá en casa, tirada viendo una peli. ¿Vos?

Eureka!

“O bien le despierto cierto interés o la película que está mirando es una mierda,” dije.

Me inclino más hacía la segunda opción. Pero no importa, es irrelevante. Respondió así que de inmediato me puse a pensar en algún tipo de respuesta que me hiciera ver de manera sofisticada e interesante. Intelectualmente atractiva. “Acá en casa tirado como una larva esperando a que a Tinder me haga el milagro” me pareció una respuesta, que si bien era sincera, dejaba al descubierto mi avanzado grado de desesperación y decadencia moral.

Por lo que opte por descartar esa respuesta y poner lo primero que se me vino a la mente:

-Estoy viendo un documental sobre asesinos y violadores en serie por Youtube.

Ok, sé que estuve mal ni bien termine de tipiar las palabras, pero afortunadamente la simpática jovencita pareció habérselo tomado con humor respondiendo con un “jajajajjajajaja.”

Luego de aquel pésimo arranque seguido de una serie de intercambio de comentarios, puedo decir que la charla se volvió medianamente fluida. Me conto que era de Córdoba y que había venido a Buenos Aires para estudiar medicina.
No pasó mucho tiempo hasta que me pasara su número telefónico y quedáramos en encontrarnos para salir a tomar algo. La perplejidad que se apodero de mí en aquel momento, combinado con la sensación de triunfo ante semejante hazaña es algo que simplemente no logro describir con palabras. Imagínense. Todos estos estos años refugiado en los recónditos y oscuros rincones de mi habitación viendo pasar la vida como si fuese una película bizarra clase B y descargando gigas y gigas de anime hentai, donde la idea de salir con uno de estos ejemplares hembra solo podía cobrar vida en un escenario que transcurriese únicamente dentro de mi imaginación. Ya que tener cualquier tipo de interacción de este tipo en el mundo real, era algo que hasta hoy me resultaba completamente descabellado.

La verdad que estaría mintiendo si les dijera que no estaba entusiasmado. Además por todo lo que veníamos hablando por chat, con la mina compartíamos más o menos los mismos gustos. A los dos nos gustaban las series, la lectura, así como los días grises y apagados, con la menor cantidad se seres humanos posible circulando por la calle.

Y como bien les mencione antes: era muy linda. Nada podía salir mal, fue lo que pensé.

Que equivocado que estaba…