jueves, 5 de octubre de 2017

Beneficios de que Argentina no vaya al Mundial 2018


Visto y considerado que la participación de nuestra selección de fútbol en el próximo mundial a celebrarse en Rusia pende de un hilo, me pareció más que oportuno escribir un artículo planteando un escenario en donde ocurriese lo peor. A fin de poder brindarte unas palabras de aliento que te sirvan de preparación para el hipotético caso en el que la selección albiceleste no logre la clasificación y termine por hundirse en las turbulentas aguas del fracaso una vez más (solo que esta vez sería más temprano que de lo costumbre, pero la idea es la misma).

Ya que vos no tenés que dejar de pensar ni por un segundo que el objetivo de este blog es ver siempre el lado positivo de las cosas.

“No W, no se le puede encontrar un lado positivo a esto. Si la selección no va al Mundial te juro que me mato. Me pego un tiro.”

Tranquilo que yo estoy para ayudarte, bruto hijo mío. Porque con ese pensamiento digno de un orangután, la verdad que te podrías pegar el tiro ahora y nos haces un favor a todos. ¿Te daban cloro de chico?



Analizaremos en profundidad el comportamiento que suelen tener estos seres durante el desarrollo de este campeonato tan importante, capaz de generar todo tipo de emociones al mismo tiempo y en todo el planeta. Sin embargo, en este artículo me limitare a hablar puntualmente del hincha argentino.

El hincha casual, ese que suele ver los partidos por televisión y de tanto en tanto asiste a la cancha, basta tan solo con que dé inicio el mundial para que automáticamente entre en un estado psicótico que, si está en la vía pública y no tiene una tele a mano, lo llevara a irrumpir en cualquier lugar para preguntar a quién sea que se cruce en su paso lo siguiente: “¿Sabés cómo va el partido?”

No importa si es un local a la calle, una fiesta  o un velorio a cajón abierto.

“Disculpe Padre, ¿sabe cómo va el partido?”

Y lo peor de todo es que ni siquiera es un requisito excluyente que esté jugando la selección. Capaz que vos estás tranquilo en tu hogar almorzando con tu familia, cuando de repente notás que se asoma la cabeza de uno de estos subnormales por la ventana, quien sin importarle nada, sobre encima de los ravioles procede a preguntarte cómo va el partido entre Mongolia y Armenia. Blandiendo un argumento tan estúpido e incoherente como su misma existencia al decirte que el resultado de dicho partido es de vital importancia ya que el resultado puede definir a uno de los próximos rivales de Argentina en la copa, y que si no lo ves la selección va a perder por 28 a 0 siendo vos el único responsable.

De más está decir que en el supuesto caso de que optes por decirle que no estás mirando el partido porque simplemente no te interesa y que además tu hijo te pidió por favor que le pongas el Blu ray de “Mi Villano Favorito”, automáticamente vas a ser calificado de traidor a la patria, quien no se interesa por su país y que básicamente vos mataste a todos los soldados que murieron en Malvinas.

-E amigo como no va a mira’ el partido. ¿Que no te importa tu pai amigo?
-Me importa y mucho. Lo que no me importa es el partido. Entendeme, por favor.
-No gato, no te importa, sos re gato loco.

Créanme que si bien la perspectiva de que nuestra selección no participe en la próxima Copa del Mundo puede ser más que desalentadora para todos, va estar bueno no tener que lidiar con estos individuos de nula inteligencia.

A parte lo que más destaco sin lugar a dudas es el cinismo que tiene esta gente. Porque la misma persona que te tilda a vos de antipatriota, traidor, renegado y anda a saber que otra pelotudez, muchas veces es la misma que durante los cuatro años antes del mundial se la pasa quejándose diciendo que el país es una cagada, que todo lo que se fabrica acá es de segunda, y que si pudiera se iría a vivir a cualquier otro país para no volver más nunca.
Como si tu interés y/o devoción por un deporte fuese lo que te define.
Es hasta gracioso incluso. Porque todo ese patriotismo que estos fulanos dicen tener, desaparece por completo una vez que la selección queda eliminada. Ahí todos los jugadores pasan de ser héroes a unos “pecho fríos” que no juegan por el amor a la camiseta sino por el dinero.

Ay por favor, ¿really? ¿De verdad me estás diciendo que los jugadores salen a la cancha por la plata? No te la puedo creer, ¿en serio? Te juro que pensé que lo hacían por el amor que le tienen al país y a su gente, que tan bien los trata y recibe, siempre y cuando los resultados sean favorables, claro.

Otro punto favorable de que Argentina no vaya la cita mundialista sería la aniquilación temprana de toda esperanza y expectativa que se genera y va creciendo a medida que la selección va abriéndose paso hacia las fases finales de la copa para después terminar perdiendo contra como Alemania.

A ver, siempre me consideré una persona cien por cierto optimista y positiva. Pero ey, seamos realistas. La selección no va a volver a ganar una Copa Mundial. Ni esta, ni ninguna otra, porque somos un puto asco jugando, y cuanto antes pueda la gente asimilar este hecho factico, mejor.

Lo que pasa es que muchas veces la gente, desnuda en su estupidez, se aferra a las épocas doradas del Diego –ese que en épocas de mundial para todos es una leyenda del futbol y el resto un drogadicto inútil- pensando que si te pasan la misma jugada contra los ingleses en el 86 una y otra vez en cuanta propaganda se te ocurra, lo mismo se va a repetir con Messi. Porque de alguna forma necesitamos crear un héroe que sirva de sucesor al jugador más habilidoso que tuvimos, a efectos de que nos ayude a evadir la cruda realidad de que somos unos losers de primera que no pueden ganar ni el mundial de panchos bajados con agua.
 

Otro beneficio digno a mencionar es que no vamos a tener que lidiar con esas movilizaciones de memes y frases ridículas que se comparten por las redes sociales. Frases estilo “Hoy somos todos argentinos.” Muy importante recordar esto porque no hay que olvidar que vos sos argentino de lunes a jueves y el resto de la semana sos taiwanés.

Todo esto, en teoría, a fin de reforzar el sentimiento de unión y solidaridad entre los habitantes de una misma nación. Sentimiento que, vale aclarar, va a quedar anulado una vez que se termine el mundial. Ahí el país vuelve a ser tierra de nadie y si llegaras a ser una persona mayor esperando a que alguien te ceda un asiento en el bondi, la misma persona que se abrazó con vos para festejar un gol, muy probablemente se haga el dormido para no dártelo.

Y demás está decir que la eliminación de Argentina en el certamen, le va a dar la oportunidad perfecta al sector cabeza para salir a romper vidrieras, saquear y prender fuego la fucking ciudad. Eso, entre tantas otras cosas primitivas que esta gente está acostumbrada a hacer para manifestar su “descontento”.



Por otro lado es reconfortante saber que no vas a tener que fumarte al pelotudo feliz de turno que se dedica a relatarte el partido por Facebook. Esos que actualizan sus estados poniendo cosas como “GOOOOOOOOOOOLLLLL” o “¡Uy, que cerca pasó eso!” pensando que uno lo va a leer y va decir “¡Guau! Mirá que data interesante sube este pibe, no es como si no tuviese 5 televisores en mi casa.” Pero no, uno lee comentarios como este y lo único que piensa es “Pobre pibe, le falla.”
 

Por lo que en definitiva concluyo ¿para qué molestarse en clasificar al mundial para después ver como un equipo mejor que el de uno se lleva el trofeo a casa? Y lo estoy diciendo con la mejor de las ondas posibles, de verdad. ¿Para qué luchar si la batalla está perdida de antemano?

En fin, ¡Vamos Argentina!


martes, 5 de septiembre de 2017

Conversaciones de ascensor

Para algunos el escenario número uno en generar temas de conversación por excelencia. Para otros un sitio inhóspito y sombrío capaz de dar lugar a todo tipo de encuentros potenciados por un factor aleatorio que siempre dice presente, ya que una vez que ponemos los pies dentro, no sabemos con qué tipo de criatura nos podemos llegar a cruzar.
   
No obstante, la realidad es que todos; desde el salame que fuerza los encuentros para toparse con la mina que le gusta creyendo que si los hace parecer de forma casual se va a terminar casando con ella, hasta el antisocial que prefiere subir cuarenta pisos por escalera antes de tener que decirle “Buenos días” a otro ser humano; TODOS en algún momento de la vida hemos hecho uso de este endiablado artefacto llamado ascensor.
 
Hoy te voy a mencionar lo que a mi criterio son los temas más comunes que la gente, vaya Dios a saber porque, no se cansa de sacar una vez que estamos adentro de estas trampas mortales.

1-El tiempo

No puede faltar. El campeón imbatible en la Liga de Temas de Conversación Irrelevantes y Forzados. El tópico que las personas no se cansaran de utilizar una y otra vez, a fin de lograr que el trayecto (ya sea subida o bajada) sea más placentero para todos. Como si tuviesen miedo de que si no hablan del bendito tiempo ni bien se terminen de cerrar las puertas del ascensor, el mismo se vendrá abajo, precipitándose trágicamente al vacío y llevándose la vida de todos los ocupantes en un festival de sangre, tripas y vasitos de café de McDonald’s. 

“Está re pesado, ¿no?” 

“La verdad que pesado estás vos, que cada vez que te cruzo en este ascensor del ojete para ir a trabajar, me tengo que fumar la misma pregunta pelotuda de siempre, la concha bien de tu madre, subnormal de mierda. Ah, piso 12, acá me bajo yo. Buen día.”


 2-La fecha

El personaje que se ve en la necesidad de recurrir a este tópico es incapaz de hacer el trayecto en silencio así sean cuatro pisos. Por lo que se ve obligado a hacer preguntas que, o bien ya sabe la respuesta, o las tiene enfrente de sus narices, como suele pasar por ejemplo con el día de la semana y la fecha.

“¿Hoy que es? ¿20?” Te pregunta el destructor de hielos profesional, cuando sabe muy bien que no puede vivir sin mirar la pantalla de su celular ni por una milésima de segundo, porque no vaya a ser cosa que le llegue un nuevo aviso de actualización de la calculadora. 


Decime, ¿Tu celular no te muestra la fecha exacta en la pantallita con apretar literalmente un jodido botón? ¿O tenés configurada la hora de Emiratos Árabes? Salame.

O si no te tienen que recordar que día de la semana es, y cuantos faltan exactamente para que la misma concluya. Porque claro, no nos olvidemos de que vos vivís en una cueva aislado de la civilización, donde lo más tecnológico que tenés es la gomera con la que salís a cazar las palomas que después te comes a la parrilla.

“Miércoles ya. Dos días más para el finde.”
 

“Ah mirá vos che, y yo que pensé que esta semana iba a ser más corta y después de hoy se reseteaba todo y volvíamos al lunes. Gracias por el dato. Tomá una galletita. Saltá, saltá.”


3-El fin de semana

Si ocasionalmente te ves obligado a compartir el ascensor con alguien un lunes por la mañana, da por hecho que tarde o temprano  te vas a encontrar hablando de esto. No importa si las únicas palabras que cruzaron hasta ese entonces fueron “Hola, buenos días” y “Chau, buenas tardes.”
 

La situación empezará, en el 99,99% de las veces, con un prolongado suspiro de tu interlocutor quien te dirá algo parecido a esto:

“Otra vez lunes.”
 

“Y si,” le vas a decir vos, tratando de ser lo más breve y tajante posible.

Por desgracia tu treta de poco va a servirte, ya que el individuo que tenes enfrente es demasiado estúpido para percatarce de tu tono indiferente y tu cara de traste, por lo que procederá a preguntarte lo siguiente: “¿Qué hiciste el finde?” Lo cual no tiene sentido. Ya que por más que le digas que te quedaste en tu casa viendo un documental de Koalas, o le digas que asaltaste un banco con una ballesta disfrazado de Power Ranger, el muy idiota se va a limitar a decirte “Ah, mira que bueno,” porque en definitiva no te conoce y por ende le importa un bledo lo que hagas con tu vida social. Pero bueno, parece que si no sacan el tema el ascensor queda trabado para siempre en el tiempo y el tipo va a ser incapaz de llegar a su casa.

Y que no te vayan a agarrar un sábado por la noche subiendo al ascensor con la bolsita del delivery porque inevitablemente te van a tirar una frasecita estilo:

“Je, vos sí que no te privás de nada, eh.”

“Mirá, con todo respeto, de lo único que me privo es de no mandarte bien a la mierda, porque cada vez que te cruzo me haces perder el tiempo con estas charlitas vecinales que la verdad ya me tienen las pelotas como dos Transformers. Pero bueno, permiso eh, chau, buen finde.”




4-La Familia

Con esta situación vas a tener que lidiar, la mayoría de las veces, en el ascensor de tu casa. Cuando tengas la desdicha de caer en las redes de alguna de las viejas chusmas del edificio. Esas que parecen vivir en los pasillos del mismo, siempre al acecho de alguna victima fresca a la que le puedan sacar todo tipo de información sobre tu familia.

“¿Tu mamá cómo anda? Hace rato que no la veo,” te va a decir en tono preocupado.

Y vos, que para las respuestas genéricas sos mandado a hacer, le vas a decir “Y ahí anda,” tratando de evadir rápidamente el tema, ya que sabes muy bien que lo más probable es que tu vieja seguramente prefiere bajar a la calle colgada de una sábana, antes que arriesgarse a usar el ascensor y toparse con alguno de esos seres de ultratumba.

“¿Y tu papá?” “¿Sigue trabajando?” “¿Y tu abuela?” “¿Y el perro?”¿Y el tatú carreta? Ah, ¿ya no lo tienen más? Que lastima.”

Creeme que si no te preguntan por tu primo lejano que vive en Mongolia es porque no le dan los pisos.



5-La tecnología

Este tema siempre es más peligroso cuando saben que tenés conocimientos en el campo de la informática.

Porque capaz un día te cruzaste con un vecino en el ascensor que justo te contó de un problema que tenía con la PC y vos lo ayudaste a resolverlo. Por lo que desde ese momento se empieza a correr la bola en el edificio de que vos creaste Windows, Android, y que hasta sos capaz de predecir el futuro.

Y capaz vos no sos un experto en el tema, y y no necesitás serlo. Pero gozás de ciertos conocimientos, y da la casualidad que justo ese día, que de ahora en adelante vos vas a recordar como “La vez que ayudé a ese pelotudo,” le explicaste como tenía que formatear la PC. Por lo que ahora cada vez que se topen con vos en el elevador, tus vecinos no van a perder oportunidad de hacerte todo tipo de preguntas, que, si bien en un principio estarán relacionadas con el tema, poco a poco, vas a notar que iran perdiendo el sentido.

“Che vos sobre motores de tractores no tenes idea, ¿no…? Porque justo tengo un problema...”


sábado, 5 de agosto de 2017

Estereotipos de amigos - PARTE 2

Cuando terminé de escribir la primera parte en septiembre del año pasado, recuerdo haber dicho algo parecido a “la semana que viene escribo la segunda.”

Ok, por alguna razón ya pasó casi un año de eso, así que si alguien tiene ganas de ponerse al día y leer la primera parte, acá les dejo el link.
La idea principal de este artículo es ser lo más fiel posible a su predecesor. Analizando a fondo y de la manera más acertada posible las diferentes personalidades con las que nos podemos llegar a topar en nuestras filas de seres queridos, y no tan queridos en algunos casos. Obviando por completo la ironía de que sea justamente este servidor quien se ponga a hablar del asunto cuando nadie le envía un mensaje de afecto ni por equivocación, a menos que sea para dejarle en claro lo mucho que lo odian y recordarle que si mañana se muriera, el mundo sería un lugar mejor.

En serio. Una vez intente poner a prueba el nivel de cariño que me tenían las personas que conozco y puse en mi cuenta personal de Facebook que había sido diagnosticado con una enfermedad terminal y solo me quedaba un día de vida.

Jamás un estado mío de Facebook recibió tantos “me gusta” como en aquella ocasión. Uno incluso en los comentarios me llego a poner: “Hubieses avisado con tiempo así conseguía la reserva y las bebidas. Pero la verdad no sé de qué me asombro si era sabido que incluso hasta en el día  tu muerte te las ibas a ingeniar para joderle la vida a los demás. Basura.”

En fin. Empecemos.

El Borracho:

Esta sombra que alguna vez fue un ser humano como vos, como yo, y que lo único que puede generar es pena ajena, es el término que se le da a aquel ser que piensa que puede escapar de todos sus problemas a base de alcohol. No lo podes llevar a ningún lado porque lo lleves a donde lo lleves, ya sea a bailar a un boliche un sábado por la noche o a la misa del domingo a las diez de la mañana, el tipo siempre le encuentra la vuelta para terminar tumbado sobre el tibio charco de su propio vomito.

Y lo peor de todo es que encima tiene el descaro de negarlo.

-Que borracho que estabas anoche.
-No estaba borracho.
-Te subiste desnudo arriba de la mesa y empezaste a gritar que eras el “Rey del Tequila”, y que todos éramos tus fieles súbditos.
-Bueno, tome un poco y me puse medio cargoso, nada más.
-Te tuvieron que sacar en camilla, Jorge.

El Pirata:

Este tipo siempre dice presente, y en donde te descuides, se puede convertir en el estereotipo más peligroso de todos. Es el individuo que poco a poco te va despojando de todas tus pertenencias utilizando siempre la misma excusa de que “solo te lo está pidiendo prestado.”
Vos al principio obviamente no te vas a dar cuenta. “Uh, ese juego nunca lo pude jugar pero me dijeron que esta bueno. ¿No me lo prestas por un par de días?” te va a decir tu amigo, ocultando sus verdaderas intenciones bajo una máscara de inocencia y ternura. Razón por la cual nunca vas a poder ver el puñal que esconde con una mano mientras que con la otra acepta el objeto que vos, pobre iluso, en buena fe le estas prestando.

“Que aburrido estoy, voy a jugar un poco a la play…….ah, cierto que se la llevó Patricio.”

“Voy al super a comprar. Me voy a poner la campera que está haciendo frío…..ah, cierto que se la llevó Patricio.”

“Voy a salir a dar una vuelta con el auto….ah, cierto que se lo llevó Patricio.”

“¿En dónde dejé las escrituras de la casa? Ah cierto….Patricio…”
Eventualmente va a llegar un punto en donde Patricio, con todas las cosas “prestadas” que obtuvo de tu generosidad, producirá un daño irreversible rompiendo la barrera espacio-tiempo y creando una realidad alternativa en donde Patricio se convierte en vos.

Y para cuando logres unir todas las piezas del rompecabezas va a ser demasiado tarde.

“Pero si solo me pidió prestado el primer libro de Harry Potter. ¿Cómo puede ser que ahora viva en mi casa y se esté garchando a mi novia? Acá pasa algo raro,” te vas a encontrar diciendo vos, al tiempo que utilizas unos cartones para protegerte del frío que llega hasta ese oscuro y ominoso puente que ahora llamas hogar.

El Honorable:

Cuando hablamos de este tipo, hablamos de aquel sujeto que empuja su código de moral y justicia hacia lugares insólitos, lo que ultimadamente hace que su línea de razonamiento se vuelva ridículamente estúpida.

Supongamos que un grupo de amigos se junta a jugar unas copas al Winning Eleven y a Gustavo le toca ser Inglaterra. Gustavo no solo va a decir que no, rotundamente, sino que se va a ofender y, revoleando el mando a la mierda, va a arrancar con uno de sus monólogos.

“Compañeros. Si bien agradezco que me hayan invitado, es mi deber manifestar este descontento que me carcome el alma y decirles que aquellos soldados que representaron tan valientemente a mi patria, no fueron a dejar sus vidas al campo de batalla para que yo hoy insulte su memoria, eligiendo una escuadra compuesta por once asesinos, quienes con total impunidad invadieron nuestras tierras y nos las arrebataron. Antes de eso prefiero estar muerto,” grita parado arriba de la mesa con los brazos en alto.

Para evitar mayores inconvenientes los demás deciden cambiar de juego y se ponen a jugar Mortal Kombat. Pero lejos de resolverse los problemas empeoran, porque Gustavo decide elegir a Sonya Blade y uno de los chicos, con ningún otro propósito más que elogiar sus habilidades en el mando para con dicho personaje le dice: “Che, ¡Qué bien que usas a Sonya!”

En ese momento seremos testigos de cómo al tipo automáticamente se le pone el rostro de piedra y con los ojos inyectados de furia le dice: “¡¿Y por qué te sorprende que juegue bien con Sonya?! ¡¿Es porque es mujer?! ¿Tan débil consideras a la mujer que no puede ser un buen personaje en un video juego, eh? Cerdo opresor machista y patriarcal.”

Ahí cuando el resto dice basta y al unísono, casi de manera orquestal, se abalanzan contra Gustavo y lo apuñalan múltiples veces, para finalmente dejarlo tirado en la vereda, medio muerto y con el control de la play metido en el culo.

El Suicida:

El típico personaje que tras cortar con la pareja empieza a postear estados depresivos en su Facebook. Es entonces cuando sus amigos deciden embarcarse en la fútil misión de rescatar su corazón roto, el cual yace en las profundidades del océano melancólico.
Para esto organizaran una serie de guardias rotativas de 24 horas diarias, entre otras precauciones, a fin de evitar posible suicidio.

Pero todo termina una noche, cuando en una juntada de truco, habiendo escondido previamente todos los objetos filosos, no se percatan de que al Suicida, que si bien hasta ese momento la estaba pasando bien, no le gusto haber perdido la partida de truco. Por lo que en un descuido de sus dos amigos que le servían de escoltas y lo esperaban en la puerta cada vez que iba al baño, el Suicida, totalmente desapercibido se desliza hasta el tocador llevando consigo una soga que por las dudas siempre llevaba en la mochila.

El resto se cuenta solo.

Para cuando el grupo se percata de su ausencia después de dos horas, van a buscarlo al baño y descubren la trágica escena.
El cuerpo de Ángel ahora pende inerte de una soga de yute rotando lentamente, sin vida.
 

-Sos un boludo, te tocaba a vos vigilarlo.
-Bueno loco, perdóname, no puedo estar en todas. ¿Vemos una peli?
-¿Y qué hacemos con Ángel?
-Mañana lo bajamos.
-Bueno, dale.

lunes, 31 de julio de 2017

El otro día me invitaron a un velorio

La muerte de un ser querido es una de las cosas que más duelen en este mundo. Capítulos oscuros de la vida que sin importar de quien se trate, siempre nos deja con una herida en el alma que nunca llega a cerrarse completamente. Es algo casi tan grave a que se nos joda la partida de un videojuego antes de salvar.

Y lo que es peor aún son los casos en los cuales el ser querido en cuestión, abandona este mundo sin que tengamos la oportunidad de haber podido hacer las paces con él. Dejándonos para siempre con una deuda emocional que sabemos, seremos incapaces de saldar.

Por desgracia algo muy parecido fue lo que me sucedió la semana pasada.

Es importante dejar en claro que si he esperado hasta hoy para hablar del asunto es porque no ha sido hasta hace unos momentos que he podido sacar fuerzas de flaqueza. Las fuerzas suficientes que me permitieran sentarme a escribir estas palabras, al tiempo que tibias lágrimas de dolor y melancolía descienden lentamente por mis mejillas.

Llegué de trabajar a mi casa y me encontré con la noticia de que mi tío Osvaldo había fallecido.

Hace tiempo que estaba mal. Meses arrastrando una enfermedad la cual los médicos nos habían dicho que era terminal. No voy a decir que estábamos preparados, pero en el fondo, era algo que la familia esperaba. Era una cuestión de tiempo.

El golpe dolió. Sacudió todo el núcleo familiar y espero no sonar un poco egoísta al decir que yo fui, sin lugar a dudas, la parte mas afectada.

“¿Cuándo vas a venir a verme? Ya ni me llamas para ver como estoy,” solía decirme mi tío.

“Para que te voy a preguntar cómo estas tío, si tenes cáncer.”

Aquellas fueron las últimas palabras que le dije a mi tío. Palabras que al día de hoy siguen retumbando en las sombrías cavernas de mi mente. ¿Habré estado mal en decirle eso encontrándose en las puertas de la muerte? Supongo que nunca lo sabré.

Lo que sí sé es que lo quise mucho a mi tío y estoy totalmente seguro de que él lo sabía. Ojalá hubiese tenido tiempo para visitarlo en sus últimos días, pero Dios sabe que las obligaciones siempre me lo impedían.

Nunca podía. Si no tenía que ir al shopping a comprar ropa, tenía que ir al cine. Si no era el cine, era la cervecita de todos los viernes con los pibes.

Y así pasó el tiempo, pasaron los días y se fue el tío Osvaldo nomas. Ay tío querido, no sabes cómo te extraño.

Pero bueno, tampoco me quiero ir por las ramas con mi descargo. No es el fallecimiento de mi tío en si lo que me llevo a escribir estas palabras, sino los sucesos que acontecieron después y que involucran a algunos familiares muy cercanos míos.

Originalmente había decidido cambiar sus nombres de manera que no quedaran tan expuestos en el blog, pero tras un largo momento de reflexión decidí que no se lo merecían. No después de cómo me trataron.

Y ahora te hablo directamente a vos, primo Enrique. A vos que hasta hace unos días eras como un hermano para mí. Ahora todo eso forma parte del pasado ya que decidiste traicionarme y unírtele a esa alimaña rastrera que tenes por madre en su plan de ensuciar mi nombre a base de fabulas y calumnias.

Dejo copiada nuestra última conversación (porque huelga decir que después de haberme basureado e insultado hasta el cansancio, me bloqueaste del Facebook) para que mis lectores -entre ellos amigos, conocidos y compañeros de trabajo- estén al tanto del nivel de maltrato al que fui sometido y juzguen por ellos mismos.

Enrique: Hola primo, ¿Cómo estás?

W: Hola Enrique, bien dentro de lo que se puede, ¿vos?

Enrique: Acá ando. Lloro como un boludo mientras me pongo a mirar fotos. Me está costando mucho, la verdad.

W: Y si, es normal.


(Pasa un rato)


Enrique: ¿Vos que andabas haciendo? ¿Cómo la vas llevando?

W: Cómo puedo. Me puse a jugar al Batman Arkham City. No te das una idea la cantidad de trofeos que me quedaron por sacar.

Enrique: ¿Estás jugando a la playstation?

W: Si, al Batman. ¿Sacaste todos los trofeos vos?

Enrique: Ni idea, no me acuerdo y la verdad que tampoco estoy de ánimos. De hecho no sé cómo haces vos para ponerte a jugar a la play en un momento como este.

W: Es que no se trata de un simple videojuego, Enrique. Es Batman.

Enrique: ¿Que tiene Batman?

W: Al tío le gustaba, ¿no te acordas?

Enrique: ¿Sí? Que loco, sabes que no me acuerdo de que lo haya mencionado.

W: Era fanático, Enrique. Tenía lo comics incluso.

Enrique: ¿Posta?

W: Montañas de comics, Enrique.

Enrique: Que locura, se me debe haber olvidado con todo lo que estamos pasando.

W: Y puede ser, eh.

Enrique: Parece que fue ayer que lo vimos al tío.

W: Lo vimos ayer Enrique, fue a cajón abierto el velorio.

Enrique: Ya sé boludo, me refiero a como solía ser el con nosotros.

W: En fin, se lo va a extrañar.

Enrique: Y sí, yo no caigo todavía.


(La conversación de momento se congela. 20 minutos después me vuelve a hablar.)


Enrique: Che primo.

W: Que.

Enrique: Sabes que le pregunte a mi vieja si el tío era fan de Batman y me dijo que no eh.

W: Igual ya largué el Batman, me puse a jugar God of War, perdona si tardo un poco en responder.

Enrique: ¿God of War chabón? ¿En serio me estás hablando?

W: Es el God of War, man.

Enrique: ¡¿Yyyy?!

W: Al tío le gustaba.

Enrique: Bueno, ahí ya me parece que te estás haciendo el pelotudo. Decime que te chupa un huevo la muerte del tío y listo.

W: No es así, Enrique.

Enrique: Claro  que es así, no me digas que no.

W: Cada uno hace su duelo como puede. Pero qué bueno que sacaste el tema.

Enrique: ¿Por?

W: ¿Tenes el número de la tía Mari vos?

Enrique: Si, sí. Lo debo tener agendado en el cel.

W: Yo no lo tengo, o lo tenía y lo borré, no me acuerdo. ¿Me lo podes pasar? Tengo que hablar con ella.

Enrique: Te lo paso, ¿pero que le vas a decir? Tene en cuenta que ayer falleció el esposo, no sé si te acordaras.

W: No seas boludo, Enrique. Dale, pásamelo.

Enrique: ¿Qué le vas a decir?

W: Si te digo no te va a gustar, te conozco. Sé muy bien lo susceptible que podes llegar a ser.

Enrique: Y yo sé muy bien lo desgraciado que podes llegar a ser.

W: Dame el número de la tía Mari, Enrique.

Enrique: ¿Para qué lo queres?

W: Vos damelo.

Enrique: ¿Para qué lo queres?

W: Ok, como bien recordaras todos pusimos una parte para los gastos del sepelio tío ¿no?

Enrique: Sí.

W: Bien, porque estuve haciendo un par de cuentitas, viste.

Enrique: Sí, no me está gustando un carajo para donde este yendo esta conversación.

W: Todos le dimos nuestra parte a Mari. Y la verdad que yo lo tendría que haber hablado antes con ella, pero la vi tan mal que me pareció que lo mejor era esperar un poco.

Enrique: Me imagino, sí. Me imagino lo mucho que te debe importar a vos resguardar la sensibilidad de la tía. O de cualquier otra persona.

W: Aunque no me creas, me importa y mucho. Pero así como los demás tienen sus problemas yo también tengo los míos, Enrique. El tío Osvaldo, Dios lo tenga en la gloria, se fue de este mundo sin pagarme una plata que me debía.

Enrique: AH NOOOOOOOO. ESTO ES MUY FUERTE

W: Esperaba que Mari me pueda devolver esa plata descontándolo de la parte que puse para los gastos.

Enrique: No, no, no, no. Decime que me estas jodiendo, primo, te lo pido por favor. Decime que no es en serio lo que estoy leyendo.

W: Me da un poco de vergüenza honestamente tener que contarte esto, pero insististe tanto que no me dejaste alternativa.

Enrique: ¿¡Pero de qué vergüenza me estás hablando vos!?

W: Por favor Enrique, no empecés.

Enrique: ¿¡PERO DE QUE VERGÜENZA ME HABLÁS!?

W: Necesito la plata, Enrique.

Enrique: VOS LO QUE NECESITAS ES UN BALAZO EN LA CABEZA, ¿¡COMO SE PUEDE SER TAN HIENA?! EXPLICÁME.

W: ¿Hiena? Hasta desgraciado te lo paso.

Enrique: Tenes razón, porque por mas hijas de puta que sean las hienas, por lo menos son capaces de sentir cariño por su propia especie. Vos lamentablemente estás muy lejos de eso.

W: ¿Me vas a dar el número o no?

Enrique: No te voy a dar nada, a ver ¿Cuánto es lo que te quedo debiendo el tío?

W: $40

Enrique: ¿O sea que al tío no lo vas a dejar descansar en paz y te vas a poner a martirizar a su mujer por cuarenta pesos de mierda? Vos sos un reverendo hijo de puta. Con todo lo que hizo el tío por vos.

W: Y se lo agradezco de corazón, Enrique, en serio.

Enrique: No, no se lo agradeces. Nunca te importo, nunca lo quisiste. Si lo quisieras no le estarías haciendo esto. Mi mamá siempre tuvo razón. Siempre me decía la clase de persona que eras y yo nunca la escuché. Pero basta, hoy me saco la venda de los ojos.

W: Por favor Enrique, tu mama no puede hablar ni de mí, ni de nadie. No la escuches.

Enrique: ¿Qué queres decir con eso?

W: No me hagas hablar.

Enrique: Si tenes algo para decir, habla no seas cobarde. Ella esta acá al lado mío, llorando, por supuesto, porque no puede creer las barbaridades que está leyendo.

W: Esa llora lágrimas de cocodrilo primo, no le creas nada.

Enrique: Con mi mamá no basura. A mi decime lo que quieras pero con mi vieja no te metas. ¡¡BASURA!!

W: ¿Vos de verdad pensas que me voy a tragar ese numerito patético que le gusta hacer? Si todos sabemos qué hace meses que estaba esperando la muerte del tío para poder quedarse con su parte del departamento de Punta Cana.

Enrique: Mi mamá se acaba de encerrar en su dormitorio y la escucho llorar desde acá. Pero vos no te la vas a llevar de arriba. Todo se paga. Si no es en esta vida, en la otra. Pero todo se paga. Eso te lo aseguro.

W: Explicaselo al tío entonces. Porque a mí no me pago. No en esta vida al menos. No sé cómo será la onda en la otra. ¿Tenes una Ouija?

Enrique: Lo que tengo son unas ganas terribles de cagarte bien a trompadas.

W: Sabía que te ibas a poner en este estado. No te tendría que haber dicho nada, tendría que haber hablado directamente con Mari.

Enrique: No fuiste a verlo ni un solo día al hospital, nunca te importo el tío.

W: ¿Para qué iba a ir a verlo si ya sabía el final? El tío era un spoiler con patas, Enrique.

Enrique: Más vale que mañana ni te aparezcas en el entierro porque te mato.

W: De mejores entierros me han echado.

Enrique: Sos una mierda.

W: ¿No me vas a pasar el número de Mari al final?

Enrique: No, mañana yo voy a hablar con ella. Vos ni te le acerques.

W: Enrique.

Enrique: Decime.

W: Esta bien. Mañana no voy al entierro.

Enrique: Va a ser lo mejor para todos.

W: Tampoco voy a hablar con Mari

Enrique: Me parece perfecto.

W: Pero si vos vas a hablar con ella, ¿no me harías un favor? El ultimo que te voy a pedir, ya que después de todo lo que pasó dudo que nuestros caminos vuelvan a cruzarse.

Enrique: Si pensas que le voy a decir lo de los $40 estas muy equivocado.

W: Ok. ¿Otra cosa entonces?

Enrique: Decime. Y después de esto realmente espero no tener que volver a tratar con vos.

W: Duro pero justo.

Enrique: ¿Qué queres?

W: No le digas que me devuelva la plata, ¿está bien?

Enrique: Ni se lo voy a mencionar.

W: Barbaro.

Enrique: ¿Eso era?

W: No, no.

Enrique: ¿Entonces?

W: Te paso mi CBU y le decís que me haga una transferencia por $40.

Enrique: Morite.

W: Me lo puede pagar en cuotas, Enrique.

Enrique: MORITE.

W: No seas así, Enrique.

(Me bloquea)


Y así culmina la historia de cómo mi propia familia me prohibió darle el último adiós a mi tío.

Pero vos tío, quédate tranquilo que estoy seguro de que allá arriba nos vamos a volver a ver. Mientras tanto, me queda la tranquilidad de saber que hice lo correcto y que esto no es un adiós sino un hasta luego.

Tío fuiste un padre. Tío fuiste todo cariño. Tío fuiste todo corazón.

En resumen. Fuiste, tío.


martes, 27 de junio de 2017

El otro día discutí con un feminista

No hay nada más noble y satisfactorio en esta vida que luchar por aquello en lo que uno cree. Defender tus ideales y compartirlos con el prójimo, para que a la noche cuando te acuestes y apoyes la cabeza en la almohada, cierres los ojos pensando en que hiciste algo por cambiar el mundo y convertirlo un lugar mejor.

Pero como bien dicen por ahí, todo en exceso es malo.

El otro día durante una conversación con amigos en un grupo de chat, entre emojis y audios, se me ocurrió compartir un meme que hacía alusión al antifeminismo. No porque yo sea antifeminista, ni mucho menos. Simplemente me resulto cómico en el momento y por eso decidí subirlo.

Carlos, uno de los chicos del grupo, es un feminista empedernido, y les mentiría si les dijera que no esperaba una reacción suya al momento de compartir la imagen. De hecho esperar su reacción negativa tal vez haya sido mi única motivación a la hora de subir el meme. Hacer que se enojara, me puteara y que luego todo el asunto se terminara ahí. Sacarles unos cuantos “jajajaja” a mis amigos y continuar con el curso de nuestras vidas.

Lamentablemente las cosas terminaron por dar un giro totalmente inesperado.

Decir que Carlos se lo tomo a mal es poco y no le hace justicia a la conversación que están a punto de leer.

El no solo se enojó con todos nosotros (conmigo por haber compartido el meme y con el resto por haber tipiado aquellos “jajajaja”) sino que abondo el grupo y cualquier intento por hacerlo volver resultó completamente inútil.

Carlos es el tipo de persona que piensa que puede cambiar el mundo por sí mismo a base de palabras. Interminables monólogos en donde expone sus pensamientos y te explica porque todo lo que vos hagas y/o digas está mal, mientras que el representa todo lo que está bien.

Sabía muy bien en donde me estaba metiendo cuando decidí hablarle por privado. Una caverna oscura e inhóspita, en donde la razón y el sentido común quedaban completamente anulados por el Leviatán de la soberbia.

Aun así tenía que intentarlo.


W: Hola Carlos.

Carlos: Hola.

W: ¿Que pasó? ¿Por qué saliste del grupo?

Carlos: Me pareció totalmente fuera de lugar lo que compartiste. Muy desagradable.

W: Jajajaja ¿Para tanto? Es solo un meme man, la gente comparte miles de imágenes como esa por día, y peores también. Relajate.

Carlos: No W, no me puedo relajar. Es justamente tu actitud lo que más me molesta. Que te lo tomes como si fuese una joda.

W: Es que es eso Carlos. Una joda. Una imagen que vi por Facebook y después compartí en el grupo. Si vos te lo queres adjudicar como algo personal es un tema tuyo.

Carlos: Yo creo que hasta para “joder,” como decís vos, hay límites. Hacer bromas con algo tan serio en los tiempos que estamos viviendo hoy simplemente no me parece.

W: Disculpa Carlos, ¿Qué tiempos?

Carlos: ¿No lees las noticias vos? ¿Tan ignorante sos?

W: Sí, las leo.

Carlos: ¿Y entonces?

W: Es que realmente no entiendo cuál es la conexión entre las fuentes de noticias, con un meme que compartí por un grupo de chat. Además salís con eso de “Los Tiempos de Hoy”. ¿Por qué no me explicas eso mejor?

Carlos: ¿Es que realmente hace falta que lo explique? ¿De verdad sos incapaz de percibir el nivel de complejidad y agravamiento de tus propios actos? Pensé que eras más inteligente.

W: El problema no es que tan inteligente pueda ser yo, Carlos. El tema es que vos tenes que pensar que el resto de los mortales no fuimos dotados con las mismas habilidades deductivas que vos.

Carlos: Sos un boludo, W. Te la das de vivo y sos un pobre boludo.

W: Puede ser. Por eso mismo te imploro, oh gran eminencia de la edad contemporánea, que ilumines mi estupidez con tu relato resplandeciente.

Carlos: Jajajaja, ok, no voy a entrar en tu juego.

W: ¿Qué juego?

Carlos: Esos juegos que tanto te gustan jugar con la gente, propios de un subnormal como vos.

Nota: En los pocos segundos que tuve para poder replicar lo que me acababa de decir, manda otro mensaje. Por lo que descarto mi contestación.

Carlos: Vos te lo tomas en broma, y así, por gente como vos, todos los días a las mujeres las matan, las violan y las descalifican como personas.
Pero bueno supongo que para la gente como vos vale la pena con tal de poder reírse un poco y pasar el rato.

W: Carlos es solo un puto meme.

Carlos: Así empieza la gente como vos, compartiendo memes.

W: Perdón, ¿la gente como yo?

Carlos: Personas que un día comparten un meme y al otro están violando nenas de quince años.

W: Carlos ¿Me estas llamando violador serial por compartir un meme que vi en una página? ¿Esto es real?

Carlos: Es que si te pones a pensar, todos los hombres son violadores. Por más que no practiquen el acto en sí, en el fondo todos están podridos.

Nota: Obviamente tras semejante declaración del buen Carlos, me quedo unos minutos expectante frente al monitor esperando a que agregue algo más, pero no fue el caso

W: Pero entonces por lo que me estás diciendo, tengo que llegar a la conclusión de que vos también sos violador.

Carlos: Es que no es algo que yo elija de manera consciente, sino que viene incorporado en nuestra naturaleza.

W: Entiendo.

Carlos: Es que es así.



W: Che Carlos.

Carlos: ¿Qué?

W: ¿Otra vez estuviste chupando la bola del desodorante?

Carlos: Andate a la mierda enfermo.

W: Vos violas nenas de quince años ¿Y el enfermo soy yo? ¿Cómo es eso?

Carlos: YO NO VIOLE A NADIE PELOTUDO. Una cosa son los pensamientos que yo como ser humano pueda llegar a gestar y otra muy diferente es burlarse de la imagen de la mujer como lo haces vos!!!

W: Yo solo compartí una imagen, técnicamente no me burle de nadie.

Carlos: ¿Vos decís?

W: Obvio. Pero bueno, ahora solo resta saber una cosa.

Carlos: ¿Qué cosa?

W: Si me vas a denunciar, Carlos.

Carlos: ¡¿Denunciar?! ¡¿De qué hablas?!

W: ¿Cómo de que hablo? De la Policía Anti-Memes, por supuesto. ¿Me vas a denunciar?

Carlos: No es que claramente con vos no se puede hablar porque no estás bien de la cabeza.

W: Carlos por favor te pido que no evadas la pregunta. Necesito saber si me vas a denunciar. No puedo ir la cárcel.

Carlos: Matate imbécil.

W: Tomo tu silencio como un “no” entonces. Me parece justo. Vos no me denuncias por lo del tráfico de memes y yo no le menciono a nadie lo de las violaciones.

Carlos: Chabón, agradece que no te tengo en frente mío en este preciso instante.

W: ¿Pensas violarme a mí también?

Carlos: Me das lastima. De verdad te lo digo.

W: ¿Por?

W: ¿Carlos?

W: ¿?

*Me bloquea*


A esta altura es una obviedad señalar que cuando alguien te bloquea en Facebook, al mismo tiempo que dejas de ver cualquier actividad del contacto en cuestión, la “amistad” queda cancelada de manera automática y la persona simplemente desaparece de tu lista de amigos.

A menos que me hiciera una cuenta nueva exclusivamente para hablar con Carlos, o que usara la de otra persona (de hecho la de mi hermano fue la opción más latente en su momento) no iba a poder hablar con él. Lo cual es una pena, porque la conversación, como pocas veces, me dejo un gusto realmente amargo. Carlos era un amigo, y no quería perder su amistad a causa de un tonto malentendido por chat. Sí. Era un estúpido y tenía una pésima manera de defender su punto de vista. Pero aun así, no valía la pena, por lo que decidí hacerme una nueva cuenta y hablarle al día siguiente, cosa de encontrarlo más calmado.

W: Hola, Carlos.

Nota: Ni bien le mando el mensaje, lo primero que pensé fue que no iba a responder y que directamente me iba a bloquear, pero para mi sorpresa, responde casi al instante.

Carlos: ¿Qué queres?

W: Eeeh ¿Por qué la mala onda? Encima que me bloqueas del Feisbus.

Carlos: Vos te lo buscaste, con tu mediocridad y falta de respeto.

W: Los chicos preguntan cuándo vas a volver al grupo.

Carlos: No pienso volver.

W: Carlos, yo jamás te falté el respeto. Y si en algo me equivoque, Dios sabe que lo estoy pagando.

Carlos: ¿Dios? ¿De qué estás hablando? No empecemos con la boludez de nuevo, por favor.

W: Es en serio Carlos. Cualquier cosa que haya hecho mal en los últimos días, tene la plena seguridad de que lo estoy pagando y con creces. Vos deberías saberlo, después de todo esto fue obra tuya.

Carlos: No entiendo de que estás hablando.

W: Recibí una carta.

Carlos: ¿Una carta?

W: Sí, una carta.

Carlos: ¿De quién?

W: Carlos, ¿de verdad pensas seguir con esta farsa de que no sabes nada al respecto?

Carlos: Es que no sé de qué carajo hablas chabón. ¿Se puede saber de qué mierda es la carta?

W: Me citaron, Carlos.

Carlos: ¡¿De dónde?!

W: Del Ministerio de Memes.

Carlos: ANDA A LA CONCHA DE TU HERMANA.

W: Es en serio, Carlos. Me citaron a declarar por el uso de memes antifeministas.

Carlos: A vos no te pueden citar a declarar de ningún lado porque sos inimputable flaco.

W: Te llevaría la carta hasta tu casa para que la veas y me creas, pero no puedo porque estoy bajo arresto domiciliario, Carlos. Y todo por tu culpa.

Carlos: Matate enfermo. Por tu bien espero no cruzarte por la calle, porque te juro que te mato.

W: Está bien Carlos. Si no queres volver a verme o hablarme lo entiendo y lo respeto. Pero necesito que por lo menos me digas la verdad. Creo que me lo merezco.

Carlos: ¿Qué verdad, idiota? No sé de qué hablas y la verdad que ni me importa tampoco.

W: ¿Cuántas, Carlos?

Carlos: ¿Cuántas que?

W: ¿Cuántas chicas violaste?

Carlos: Te voy a matar.

W: Carlos, yo lo único que quiero es saber la verdad. Los padres de esas criaturas merecen saber la verdad.

Carlos: Quedate tranquilo que te la voy a contar personalmente. Estoy saliendo para tu casa, infeliz.

W: Barbaro, así charlamos un poco.

Carlos: Te voy a dejar hecho una figurita.

W: Carlos ya que venís, ¿no me harías el favor de traerme la PSP que me olvide en tu casa?

*No vuelve a responder*

Dos días pasaron de esta conversación. De más está decir que Carlos nunca se presentó a cumplir sus amenazas (ni vino a traerme mi PSP, vale aclarar) porque es un cobarde que está dispuesto a defender su credo siempre y cuando sea detrás de la salvedad de un monitor.


Malditos fanáticos. Juro que no voy a descansar hasta cazarlos a todos.



jueves, 15 de junio de 2017

Ser social está sobrevalorado

La habilidad de prejuzgar a la gente es algo que viene incorporado en el ser humano prácticamente desde que este adquiere la capacidad de razonar.

Todos en algún momento de la vida hemos hecho uso de esta facultad. Negarlo no tendría ningún sentido ya que forma parte de nuestra naturaleza.

Solo nos basta con ver una persona un poco excedida de peso caminando por la calle para pensar: “Mirálo al gordo, que se tragó? Un fiat 600? Debe estar todo el día comiendo seguro. Fija”

Sin detenernos a pensar un instante en las circunstancias que lo habrán llevado a tener esas dimensiones, pobre gordo.

O si no de pronto cruzarnos con un amigo, un conocido; en donde se da la casualidad de que justo las dos veces que lo vemos se encontraba tomando una cerveza con un grupo de amigos. Entonces tomando eso y sumando el hecho de que después sale etiquetado en una foto de Facebook donde se lo ve con un vaso de cerveza en la mano, nos da los elementos suficientes para concluir casi de manera instantánea que el tipo es una esponja humana y que a donde sea que vaya se toma todos los tragos habidos y por haber, amaneciendo la mañana siguiente desparramado sobre el tibio charco de su propio vomito.

Y pasa exactamente lo mismo con las personas que son antisociales.

Desde el origen de los tiempos, es costumbre del hombre colocar a este tipo de personas en lo más bajo de la pirámide social. Vistos por lo general como criaturas oscuras del inframundo, quienes llevan una existencia triste, vacía y patética.

“¿Pero por qué pasa esto, W?” te estarás preguntando vos en este momento sentado frente a la PC, mientras esperas cómodamente a que esas gigas de anime y virginidad en estado puro se terminen de descargar.

Si bien no creo tener la respuesta definitiva, para tratar de responder esa incógnita me remitiré al tópico inicial: El prejuzgamiento.

En la mayoría de los casos, las personas antisociales tienen muy pocos amigos (o directamente no tienen), casi no salen y no hablan más que lo justo y necesario para hacerse entender y poder así satisfacer las necesidades básicas como comer y vestirse.

Y son justamente aquellas características las que inducen a la gente “normal” a pensar que llevan una vida miserable.

Hoy no solo te voy a demostrar que eso es completamente falso. Patrañas que se inventan los normys para darse una explicación a ellos mismos sobre una realidad que escapa a su imaginación y entendimiento como agua entre los dedos. No. No solo te voy a demostrar eso, sino que también te voy a revelar porque ser una persona antisocial tiene, de hecho, bastantes beneficios.

Esto claro, siempre y cuando sepas usar bien tus cartas. Así que sentate y toma este articulo como una guía práctica, la cual te va ayudar a desarrollar ese potencial que tenes oculto y que los normys envidian en secreto.

Para empezar, y esto es clave: el universo ignora por completo tu presencia. Esto significa que desde el vamos nadie te va a pedir que hagas algo por alguien porque nadie espera algo de vos. Lo cual te va a facilitar la vida en un 90%

Presta atención:

Donde una persona normal se ve obligado a inventar una excusa que lo ayude a escapar de un evento al que no quiere ir. Ya sea un cumpleaños, un asado con tus compañeros de trabajo o un velorio, a vos directamente ni te van a invitar. Porque la idea de ese tipo de reuniones es pasarla bien. Sonreír y regocijarse bajo la luz del sol en una tarde rodeado de amigos y seres queridos. Y como vos justamente representas la antítesis a todo eso, van a tomar todas las medidas necesarias para evitar que vayas y les jodas el día.

¿Y los podrías culpar por ello? No. Sabes que no. Sabes perfectamente que basta con que respires a solo dos metros de la vida de otro ser humano para cagarsela.

La fecha de tu cumpleaños es otro ítem atractivo que tenes a tu favor. Ya que en contraste con la gente a la que literalmente no le alcanzan las horas del día para poder reunirse con todos sus amigos y familiares y tienen que recurrir a festejarlo en dos o tres días, tu única preocupación es que no te falle ninguno de los dos únicos amigos que tenes. Esos dos amigos más los extras de la primaria que puedan llegar a caer más tarde porque les dijiste que iba a haber cerveza.

Mientras los demás se ven en la tediosa tarea de atender los más de treinta o cuarenta llamados que recibe de gente para felicitarlos y que los tiene media hora en el teléfono en el mejor de los casos, vos con el único llamado que vas a tener que lidiar va a ser con el de tu abuela, si es que se llaga a acordar de esa fatídica fecha que supone el día de tu llegada a este mundo.

Ya me la puedo imaginar a la venerable anciana, sentada sobre su silla mecedora y pensando:

“Y si, lo voy a tener que llamar. Es mi nieto, no me queda otra. Mejor me lo saco de encima ahora, antes de que empiece la novela.”

No tengas dudas. Ese es el pensamiento exacto que pasa por su cabeza antes de llamarte por teléfono. Anhelando siempre la posibilidad de que por algún motivo no puedas atender la llamada.

“Ay qué bueno sería que no me atienda. Que esté hablando con otra persona. No, pero claro ¿Quién lo va a llamar? Debo ser yo la única pelotuda.”

Y entonces con un inmenso dolor en el pecho, empieza a marcar el número de tu celular.

Pero bueno, es un llamado cortito, de diez minutos con toda la furia en el cual vas a hablar exactamente lo mismo que hablas todos los años.

-Hola querido, feliz cumpleaños
-Gracias abuela
-¿Cómo la estás pasando?
-Bien, bien. ¿Vos cómo estás abuela?
-Bien querido, bien.
-Bueno me alegro abuela, ya te voy a ir a visitar.

Ahí tu abuela entra en pánico y automáticamente piensa:

“Ay no, por Dios no. Ay, ojala que no venga. Ay ojala que lo pise un auto y no pueda venir. No es que no lo quiera, es mi nieto, pero que se quede en su casa. Que no me venga a joder mí.”


Otro punto a destacar de este infravalorado grupo, es que no tienen que preocuparse por responder un mensaje a tiempo, porque rara vez reciben uno. Y si lo hacen, de seguro son mensajes que se limitan exclusivamente a temas como la facultad y el trabajo.

Para que perder tiempo en conversaciones ociosas del tipo “Hola, cómo estás?” o “Che como venís llevando el tema de la amputación de tu pierna izquierda”?

No tiene sentido.

No tienen que dar explicaciones de porque llegan a la hora que llegan, ya que no tienen a nadie que los esté esperando.

Incluso tu madre, la persona que te engendró, se decepciona cada vez que escucha el sonido de las llaves detrás de la puerta y te ve atravesar la sala al tiempo que exclamas “Ya llegué.”

Tu mamá, en su total ignorancia, es presa del miedo ante la idea de pensar en que te pongas a hablar con ella.

Stop.

¿Hablarle de que? Pobre ingenua, ignora por completo que como todos los días no tenes nada que sea relevante para contar, y lo único que queres es retirarte a tus aposentos para estar solo y en silencio, mientras abrazas a tu vieja amiga la oscuridad.

Al principio te hable sobre la gente que inventa todo tipo de excusas a fines de librarse de un evento al que no quieren asistir.
Lamentablemente no todos gozan de la misma creatividad, por lo que muchas personas ocasionalmente se ven obligadas a asistir a lugares en contra de su voluntad y se exponen al contacto con gente a la que no quieren ver, solo para no herir los sentimientos de la persona que los invito.

“No, como no vas a ir. Queda mal.”
“No, como te vas a ir a esta hora. Queda mal.”


Novatos.

Vos, que sos experto en pasar desapercibido hasta en la fiesta de tu propio cumpleaños, no tenes este tipo de inconvenientes, y si no estas a gusto con el ambiente que te rodea simplemente te levantas y te vas.


El problema con la gente común es que se aventura a indagar sobre las cuestiones personales de una persona, sin antes detenerse a pensar si realmente le importa.
Basta para que una persona que apenas conocen entre en su campo de visión para preguntarle “¿Todo bien?” sin saber a que se están embarcando.

Y es justamente ahí, donde sucumbe el hombre común, que el antisocial triunfa, y se pregunta a si mismo:

“¿Me importa cómo está esta persona? No lo creo. Auriculares a mí.”


martes, 30 de mayo de 2017

Mi vida durante el secundario

El otro día me encontraba tirado en mi cama, panza arriba mirando el techo, cuando de repente por razones que desconozco, se apoderó de mí un fuerte sentimiento de nostalgia. Sentimiento que me trasladó a mi vida durante el secundario.

Rarísimo.

De un momento a otro, rostros de personas las cuales creí haber enterrado hace años en los avernos más profundos de mi mente, empezaban a cobrar vida de nuevo. Al principio de una manera muy vaga y obtusa, pero que de a poco iban tomando forma.

Se me ocurrió ponerme a buscar las fotos que tenía guardadas de aquellas lejanas épocas, a fin de que eso me ayudara a recordar mejor. Pero por más que busque durante un largo rato no fui capaz de encontrar ninguna. Ni de salidas, ni de excursiones, ni siquiera del viaje de egresados. Ni una mísera foto.

Entonces me acordé. No tenía fotos, porque no tenía amigos. Todos me odiaban. Y con justa razón, porque había sido un pésimo compañero, o al menos eso fue lo que me hicieron creer.

Mientras la mayoría de las personas recuerdan su vida de estudiante de secundaria con cariño, considerándola en muchas ocasiones como la etapa más linda de sus vidas, yo por mi parte, de lo que más me acuerdo es de como tenía que escaparme del salón y salir corriendo ni bien tocara el timbre porque mis compañeros me querían cagar a trompadas.

Me acuerdo que una vez me habían corrido como veinticinco cuadras, cuando en primer año durante uno de los exámenes finales de Lengua y Literatura, delate a uno de mis compañeros con el profesor porque se estaba copiando. Su situación era tan crítica que necesitaba aprobar el examen con una nota alta para no llevársela a marzo y salvarla por lo menos para diciembre.
Recuerdo bien haber dejado de prestarle atención a mi propio examen para enfocarme en los movimientos de mi compañero y encontrar el momento preciso para poder acusarlo.
Finalmente, al menor indicio de oportunidad, me levanté de mi asiento cual águila que se lanza sobre su presa y totalmente embriagado de poder al tiempo que señalaba con un dedo acusador exclamé: “¡Profesora! ¡Juan se está copiando! ¡Ahí! ¡Mire! ¡Mire!”
La profesora automáticamente le saco el examen y lo aplazó en el acto, haciendo que se llevara la materia a marzo.
“Vamos a ver si tus vacaciones ahora resultan tan divertidas como lo esperabas,” pensé mientras sonreía de oreja a oreja y mi compañero, al borde del colapso miraba como esa lapicera bic roja trazaba la palabra “aplazo” en su hoja. Hermoso.

De todas formas creo que esta bueno aclarar que actos como este no deben ser vistos como malignos, ni con la intención de hacer daño, sino como medios de entretenimiento a los que acude un niño adolecente para poder divertirse un poco y lograr sobrevivir en ese submundo oscuro al que llamamos escuela secundaria.

Yo no era malo, solo que por algún motivo disfrutaba cagarle la vida a los demás y deleitarme en las penas ajenas. Solo hacía falta que un compañerito me dijera que estaba angustiado porque creía que le había ido mal en un examen para que yo pensara: “Ay Dios, ojalá que le haya ido mal. Sí, ojalá se saque un uno así se pone a llorar en medio del salón. Qué bueno que estaría.”

Una vez en un cumpleaños de quince –en toda mi vida me habrán invitado a dos, máximo- recuerdo haber estado sentado solo en la mesa, mientras todos los demás bailaban y la pasaban bien, cuando en eso aparece la chica del cumpleaños y me pregunta porque yo no bailaba. “No me gusta,” le respondo. Me acuerdo bien que ella tomo una de las sillas que estaban ahí, se sentó y me dijo que la hacía sentir mal ver que no la estaba pasando bien. “Queda mal que estés acá solo,” me dijo. Yo la miré y le dije: “Si vamos al caso, vos quedas mal con ese vestido. Andá a saber cuánta plata gastaron tus viejos en esta fiesta como para que vos no hayas podido bajar por lo menos dos kilos y entrar en ese vestido como corresponde. Igual la comida esta buena.”
Ese día me acuerdo que me angustie de verdad. Porque pensé que finalmente estaba haciendo progresos en el complejo arte de socializar. Generando finalmente un tema de conversación que no fuese “hola” y “chau”. Pero no, la cumpleañera se lo tomo muy mal. Se puso a llorar, se encerró en uno de los baños y mientras los padres golpeaban la puerta desesperados para que salga ella entre sollozos demandó que solo iba a salir del baño si yo me iba de la fiesta y el lunes a primera hora hablaban con el rector para que me expulsaran del colegio.

Lo de la expulsión no pudo ser, para desilusión de todos el curso, pero la gente del salón me pago un remis para que me llevara hasta mi casa, a efectos de poder continuar con el evento.

La pase realmente mal. Pensé que finalmente estaba logrando progresos en mi meta de hacer por lo menos dos amigos antes de terminar el secundario, pero no fue así. Y debo confesar que lo que más me dolió no fue la puñalada que la vaca de mi compañera le dio a mis sentimientos, sino que me echaron de la fiesta faltando tan poco para que los mozos empezaran a servir el desayuno junto con las medialunas.
Mientras el personal del salón me escoltaba fuera del lugar, con los vítores de mis compañeros de fondo y el padre de mi compañera orquestando todo el movimiento al grito de “Solo a vos se te ocurre invitar a ese sorete,” le pregunto a la madre, que en aquel momento era la que a mi parecer emanaba menos odio, si me podía llevar por lo menos dos medialunas para el camino. Ella me contestó que con tal de que me fuera me llevara todas las que quisiera.

De más está decir que yo me negué. Tal vez no tuviese amigos pero había algo con lo que si contaba en opulencia por suerte, que era dignidad. “Deja, mejor guardatelas para el ballenato de tu hija,” le dije.
Mi compañera lanzó un último grito de dolor seguido de una imprecación que no llegue a escuchar porque alguien ya había entrado al remis.

Lo único que rescato de esa fiesta es que por lo menos me retiré con la frente en alto. Todavía era muy joven, ya me echarían de fiestas mejores.

O eso fue lo que pensé yo de manera errónea por supuesto. Porque después de esa fiesta más nunca me volvieron a invitar a otro cumpleaños o evento de similares características.
Antes, por lo menos los padres de mis compañeros de lastima los obligaban a que me invitaran, pero después ni eso. Es más, recuerdo bien que hubo un momento en el que las invitaciones de cumpleaños empezaron a venir con una clausula abajo que en letras chicas decía que independientemente de quien se presentara con dicha invitación, yo no podía entrar.

Una vez, en cuarto año, me acuerdo de un examen de matemáticas en el que por una sola falla la profesora me había puesto un 7,50. Eran cuatro ejercicios, de los cuales cada uno tenía un valor de 2,5 puntos. Suponiendo que de verdad yo había cometido un error la calificación estaba bien puesta. El inconveniente vino después, cuando me entero de que uno de mis compañeros había cometido el mismo error, en el mismo ejercicio, con la diferencia de que a él se lo habían puesto como que estaba bien.
Lo que era aún más interesante era que todos los demás estaban mal, por lo que la profesora le puso un 2,50.

Yo tenía dos opciones: O le reclamaba a la profesora para que me cambiara la calificación a 10, o me conformaba con mi 7,50. La verdad que yo mucho para perder no tenía, salvo que la profesora optara por no subirme la nota y bajarle el puntaje del examen de mi compañero a cero.
Mi compañero prácticamente me suplicó que no le dijera nada. Su padre siempre había sido una persona violenta. Varias veces recuerdo haberlo visto venir a clases con moretones en los brazos que el desesperadamente trataba de esconder debajo del buzo. Por lo que si se aparecía en la casa con un cero, era muy probable que recibiera una epica cagada a trompadas.

La profesora miro mi examen, me miro a mí, y dijo: “Mira yo no te puedo subir la nota, pero si les vas a decir a tus papas para que hablen con el director no me va a quedar otra alternativa más que bajarle la calificación a tu compañero.”

De nuevo. El chico me rogo para que no dijera nada. Que dejara todo como estaba. “Vos sabes como es mi papá, por favor, si decís algo lo único que vas a hacer es perjudicarme a mí.”

Pero era demasiado tarde. La misma profesora me había dado el poder para actuar como verdugo de mi compañero y cortarle la cabeza. No podía dejar pasar semejante oportunidad.

“Profesora, la decisión es dura y a nadie le duele más que a mí pero es lo justo. Bájele la nota Gustavo. Tome, use mi birome.”

Lo único que lamento es no poder haber visto como lo molían a golpes a mi pobre compañerito, pero me acuerdo que por tres días no asistió a clases.
Las represalias de sus amigos no se hicieron esperar, por supuesto. Al otro día cuando llego al salón, encuentro la siguiente frase en mi banco escrita con liquid paper: “Estas muerto.”

Por suerte yo ya había tomado las precauciones necesarias y me había sentado en uno de los bancos de la primera fila, que eran los que estaban más cerca de la puerta. Cosa que cuando sonara el timbre pudiese salir corriendo hasta la puerta de salida y escapar.

Repito, no es que yo haya sido un hijo de puta o un mal compañero. Lo que pasa es que era muy inocente, y en mi intento desesperado por hacer amigos y encajar en el grupo a veces lograba resultados completamente opuestos. La culpa no es mía sino de mis compañeros, que nunca me dieron la oportunidad de redimirme de mis actos. Basta con decirles que en quinto año, durante los preparativos para el viaje de egresados, se pusieron a juntar firmas para que no vaya, logrando juntar no solo las de todo el curso, sino además la de los padres y casi todo el cuerpo docente.

Yo no era malo, me hacían bullying. Que es distinto.